Análisis

jesús alba

Marcelino rompe el debate

El éxito del Valencia en la ciudad de las prisas pone el dedo en la llaga: ¿Lo habrían aguantado?

Debatir entre estilos y resultados es ya una batalla perdida. Los tiempos de la inmediatez, los tiempos en los que algo sucede y a los cuatro segundos ya está el vídeo en la red... han mandado a la basura el significado de la palabra planificación. Mejor dicho, lo han reducido a un solo uso, el que permite criticar a los autores de un proyecto.

Resulta curioso que el triunfo de Marcelino se haya producido en la ciudad de las prisas y ante la concepción futbolística de dos modelos en los que no existe la paciencia, en los que un triunfo es motivo de euforia y desata las ilusiones y una derrota adquiere tintes apocalípticos.

El caso de Marcelino en el Valencia ha sido una enseñanza para todos en estos tiempos en los que todo se reduce al debate de siempre: o juego de toque o resultados. Los defensores de lo primero exponían a favor de corriente que es posible las dos cosas y que no lo es ganar sin jugar bien. ¿Y qué es jugar bien? Buena pregunta para los oráculos. El Valencia llegó a posicionarse allá en octubre en el extremo opuesto. Ni resultados ni juego elaborado. Su patrón es el que es. No cambia. O lo compras o lo desechas. Con el cuarto presupuesto de LaLiga, este año por encima del del Sevilla, llegó a pisar puestos de descenso mientras la afición de Mestalla se alzaba de manos domingo a domingo contra el palco.

Y ésos son los partidos que tienen que ganar los dirigentes en el fútbol. La flema a veces se convierte en una preciada virtud, mientras que en otras ocasiones se impone un giro en el momento justo, pero sólo si se ajusta a razones puramente futbolísticas y no para desviar a otra dirección el sentido de las críticas.

Hoy que aún tenemos en la retina los golazos de Gameiro y Rodrigo en Heliópolis al Barcelona de Messi y que ni Sevilla ni Betis tienen entrenador, bien está mirar hacia dentro y pensar cuánto hubiera durado Marcelino aquí.

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