Análisis

José Ignacio Rufino

'Master andcommander'

Una vez obtenido el poder, Cristina Cifuentes quiso revestirlo de un marchamo de prestigio, aunque algo cutreTras las cajas de ahorros, la corrupción fue a matar a la ya desprestigiada universidad pública

Tomemos prestado el título de la novela de Patrick O'Brian que llevó al cine Peter Weir con Russell Crowe de protagonista, que dejó aquí el título sin traducir. Hagámoslo aquí porque viene que ni pintado en esta semana de tumulto capitalino tras las puñaladas de Brutos que se vengaron de una aspirante a César en el Partido Popular, Cristina Cifuentes. Maestro y comandante, o ya que estamos con Roma, auctoritas y potestas, reconocimiento social por mérito y autoridad institucionalmente investida, que si era absoluta se llamaba imperium. Cristina lo quiso todo, y creo que podemos hablar ya en pasado. El poder fáctico lo ostentaba en la Comunidad de Madrid, y fue Comandante tras reconocer a algunos de sus propios correligionarios -ese fuego amigo servido en frío, permitan el oxímoron- de corruptos; la auctoritas, la condición de Maestro, la necesitaba. O eso creyó: quizá sólo fue un capricho, un querer que a su currículum no le falte ni gloria: como los nuevos ricos alargaban sus apellidos y se agenciaban una gloria heráldica, no pocos políticos quieren grados, licenciaturas, másteres y doctorados… y los quieren de balde. Cifuentes incluso contaba con un nada despreciable apoyo moral de feministas y mujeres de izquierda, lo cual le otorgaba cierto reconocimiento de Master. Lo malo es que su proyecto de ser una Maestra con título no sólo fue cutre, sino que parece a todas luces haber sido tramposo e incluso delictivo: un máster de los de Bolonia para completar el grado y alcanzar lo que de toda la vida fue una licenciatura… pero, ay, sin cumplir el requisito de realizar un trabajo fin de master o TFM. Por la cara. Impostando comisiones, perpetrando actas y hasta falsificando firmas. Y en una universidad afecta o con unos cuantos propios en los sitios adecuados, colocados antes o después del convoluto. Se descubrió el pastel -no parece haber marcha atrás ni aun con caradura hormigonada-, y Cristina dejará de ser Comandante, y tampoco será Master. El oprobio quedará para ella. Y para la universidad, no sólo de la Rey Juan Carlos.

El Plan Bolonia no sólo fue una jugada mayormente inspirada en la frase del príncipe de Salina -"Que todo cambie para que todo siga igual"-, sino que ha creado másteres de perfil utilitario que se cobran mucho más que las matrículas ordinarias: una fuente de ingresos extra, y al mismo tiempo una forma de eliminación de los alumnos con menos recursos y sin expediente suficiente para beca de gratuidad, que se quedarán en el mínimo universitario, el grado. La mediocridad con recursos, para adelante; el esfuerzo titánico de padres humildes con hijos del montón también funciona. En muchos casos son unos títulos que completan una especie de Grado Premium -licenciatura- que cambian lo que antes se daba en el último o últimos cursos por una especialización con el membrete de maestría. (Digámoslo sólo una vez: con honrosas excepciones.) Muchos profesores hemos visto en este escándalo una forma de poner a nuestras universidades públicas -muy amenazadas por las privadas- ante el espejo de sus contradicciones y el cuestionamiento de su papel como domus del conocimiento, mutado en dador de diplomas y trampolín de investigadores sin impacto social. Y lo que es peor: el caso Cifuentes ha desvelado un secreto a voces: muchos políticos de segunda fila intelectual se han hecho con rango profesoral superior y hasta con cátedras en universidades, a veces en alguna que parece haber sido creado para tal efecto espurio: PP y PSOE fundaron las suyas. La promiscuidad del político del todovale no sólo alcanzó a las otrora benditas cajas de ahorro, sino que decidieron apestar a la universidad, tocándola de muerte moral.

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