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Análisis

Eduardo jordá

Matando moscas

Cualquiera que haya sido joven en los 70 ha de recordar la conmoción de leer a Juan Goytisolo

Cualquiera que haya sido joven en los años 70 tiene que recordar a la fuerza la conmoción que le produjo leer algunas de las novelas y ensayos de Juan Goytisolo. Hay pocos arranques de novela que tengan la fuerza de las primeras páginas de Reivindicación del conde don Julián (1970), sobre todo esa escena en que el narrador sin nombre, en una biblioteca de Tánger, se dedica a meter moscas atontadas entre las páginas de los clásicos de la literatura española. Y luego, de golpe, el narrador cierra el libro y aplasta sin piedad a las moscas. Por lo que tengo entendido, Goytisolo se inspiró en lo que hacía el desquiciado Ángel Vázquez cuando llevaba una vida de solitario alcoholizado en Tánger. No se me ocurre una imagen más persuasiva para expresar la rabia y la desesperación de un personaje. Tampoco conozco una forma mejor de expresar el odio a nuestra tradición literaria. Leí la novela hace 40 años o más, pero esas moscas aplastadas por los libros no se han borrado de mi mente.

Sin embargo, intenté releer Reivindicación del conde don Julián hace unos años y no conseguí pasar de las primeras páginas. La novela se me cayó de las manos. ¿Por qué? No lo sé, pero todo me sonaba a impostado, a esa clase de experimentos que parecen muy arriesgados en su momento pero que enseguida se quedan anticuados (Trotski escribió en algún sitio que la poesía vanguardista rusa le parecía el ruidoso y vacuo ejercicio de un levantador de pesas que usara pesas huecas, y algo de eso vi en esa novela). Y en cambio, otra novela de Juan Goytisolo, Señas de identidad (1966), que me gustó mucho en su momento, me siguió pareciendo una gran novela cuando volví a leerla hace pocos años. De hecho, sigo creyendo que es la gran novela de Juan Goytisolo y la que mejor ha resistido el paso del tiempo, al igual que sus ensayos literarios de El furgón de cola (1976) o sus estudios sobre Blanco White.

En el otoño de 1978 me encontré con Goytisolo en una de las dependencias del consulado de España en París. Yo lo admiraba sin reservas. Me gustaban su independencia ideológica, que le llevaba a mantener opiniones que iban a contracorriente del pensamiento mayoritario (como su toma de posición a favor de Marruecos en el conflicto del Sahara Occidental, o como su crítica feroz del comunismo cubano, al que en aquellos años cientos de intelectuales españoles aplaudían con las orejas), y, sobre todo, me atraía su defensa apasionada de todos los heterodoxos de la literatura española: desde los escritores judeo-conversos del Renacimiento a los liberales decimonónicos, en especial Blanco White. Yo era muy tímido, pero conocía a la mujer de Goytisolo -la maravillosa escritora Monique Lange, que me guardaba una maleta llena de libros en su casa parisina, que también era la de Goytisolo-, así que me atreví a acercarme y a hablar un rato con él. Me llamaron la atención sus ojos azules -muy azules- y la timidez con que hablaba, que casi le impedía levantar la vista del suelo. Mientras hacíamos cola frente a una ventanilla cerrada -en la mejor tradición española del "Vuelva usted mañana"-, conversamos un rato sobre Blanco White y sobre Don Julián y sobre sus ensayos literarios. A Goytisolo le agradó encontrarse con un lector tan fiel de su obra. También le gustó el elogio que hice de Monique Lange (que me sigue pareciendo una gran escritora, en muchos aspectos bastante más interesante que el mismo Goytisolo). Pero entonces ocurrió una cosa. Un funcionario salió de no sé dónde, vio a Goytisolo en la cola y enseguida se acercó a él. "Hombre, don Juan, pase por aquí, que esta cola es muy larga". Y entonces Goytisolo y el funcionario desaparecieron por un pasillo. Los demás nos quedamos con un palmo de narices, esperando que se abriera la maldita ventanilla. Goytisolo era la encarnación viva del disidente, del heterodoxo, del homosexual que no partía peras con nadie y que vivía exiliado entre París y Marruecos (primero en Tánger y luego en Marrakech). Pero aquel día descubrí que también era una persona que disfrutaba de privilegios y que no renunciaba a ellos. De hecho, Goytisolo tuvo congresos y homenajes y acabó ganando el Premio Cervantes en 2014, y aunque fingía desentenderse de esos homenajes, estaba claro que le apetecía recibirlos.

En este sentido, es cierto que Goytisolo explotó demasiado su imagen de disidente y de heterodoxo, porque los verdaderos disidentes viven en la oscuridad y tienen que acostumbrarse a vivir sin apenas elogios. Disidentes de verdad, en nuestra literatura reciente, fueron Ángel Vázquez, Isabel Escudero, Carlos Edmundo de Ory, Cristóbal Serra, Chicho Sánchez Ferlosio y muchos otros que nunca ganaron premios ni recibieron grandes homenajes. Pero también es verdad que nadie supo matar moscas -esas moscas gordas y resabiadas de nuestra tradición castiza y autocomplaciente- como lo hizo Juan Goytisolo. Y lo hizo con rabia, con desesperación, con entusiasmo y con malhumor. Supongo que todos, de algún modo, deberíamos darle las gracias.

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