Análisis

Joaquín de la Peña

Memoria de la ausencia

Pero no es la muerte sino la ausencia lo que hace que en este día nos duela el corazón

El paso de misterio de la Hermandad de la Carretería.

El paso de misterio de la Hermandad de la Carretería. / José Ángel García

SIEMPRE contó el Viernes Santo con ese sesgo de tristeza expectante. Quienes sobrepasamos la media centuria de vida aún tenemos marcada en nuestros oídos aquella frase de “hoy el televisor no se pone porque se ha muerto el Señor”. Hasta la extrovertida y jubilosa Triana, que en la Madrugada se desparrama por la ciudad repartiendo Esperanza, torna en comedida y recatada la tarde de uno de sus dos días grandes (el otro nos habla de caminos y senderos).

La leyenda urbana, tan propia y característica de los cofrades, ha ido añadiendo matices a este ambiente de duelo, asignando al día características propias que acaban por convencernos de que, si en Jerusalén hubo tormentas y terremotos, Sevilla no iba a ser menos.

Pero no es la muerte sino la ausencia lo que hace que nos duela el corazón. Sabemos perfectamente que en el plan de Dios la parca, esa eterna compañera del ser humano, tan inseparable como impredecible, tiene los días contados frente al poder de la cruz que hoy se alza íntegra e insobornable sobre nuestras cabezas. Que ante la luz y el dolor de la mirada profunda de la Madre es imposible que venza la rebelión original que nos hurtó el Paraíso y la vida plena.

No, no nos duele la muerte, nos arranca las entrañas la ausencia. Llevamos meses escuchando a los familiares de quienes han perdido un ser querido lamentándose, no por las consecuencias de que el virus haya hecho mella en la sangre de su sangre, sino por el vacío de no haber podido estar en esos últimos instantes de vida apretando su mano, abrazando su último aliento, apoyando un último beso sobre su frente.

Hoy todo nos habla de esa ausencia, interior y exterior, humana y a la vez divina. Hoy no acariciarán nuestras manos el suave terciopelo, ni el calor y el olor de los viejos toneleros atenazará nuestro rostro al enfrentarnos al recio canasto de caoba. Hoy somos conscientes de que hace ya más de un año se paró la historia, de que vivimos un paréntesis que nos está clavando en la memoria la privación de la ciudad hecha templo por obra de las cofradías.

Y porque sabemos que la muerte está solo al resto de un segundo de la vida es por lo que hoy no recordaremos a los que ya se fueron, sino que haremos memoria de ellos, los pondremos a nuestro lado al introducirnos en el día sin liturgia, en el día sin Dios. Nos rebelaremos contra Él porque su ausencia es también la ausencia de los nuestros, la ausencia de lo que da sentido a nuestra vida. Solo desaparece lo que no se recuerda y ellos están ahí, grabados con letras de oro en las jambas de nuestros templos, en el corazón de nuestra Iglesia. Ellos nos enseñaron este sentido de la Fe que asegura la comunión de los santos, pero para eso tenemos que vivir, debemos mantenernos firmes ante la separación. Sí, tenemos la certeza, profesamos la seguridad de que pronto llegará la mañana dichosa, la noche tan brillante como el día pero, entre tanto, nos duele la ausencia de Dios.

Hoy, Viernes Santo, lloramos como aquellos israelitas en Babilonia, junto a los sauces, desamparados de los quejidos de unas saetas que no taladrarán el aire, carentes de los agudos pinchazos de las cornetas, en una tierra ajena que desde hace una semana nos es extraña, desconocida, yerma de belleza y sensibilidad.Por eso, mientras las nubes entornan la pupila del parasceve, encerrados en nuestras ausencias, a la espera de la noche que no conoce ocaso, nos dejaremos caer rendidos en los brazos abiertos del crucificado, en busca de la Salud, para hallar, entre las huellas del abandono de Dios, el calor del último aliento creador que nos devuelva la seguridad de aquellos días felices en los que un niño, sotana negra y roquete de encaje, correteaba por entre las losas de una plaza, ajeno a cuanto significaba ser y sentirse parte de la única, hermosa y entrañable historia de Dios con el género humano.

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