La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

Mujeres de vanguardia

Casi noventa años, ocho hijos, diecinueve nietos y cinco bisnietos. Dejó su tierra natal para estudiar en aquella Universidad de Sevilla de los años cincuenta donde cuentan que las mujeres eran pocas, muy pocas. Hasta obtuvo su título superior en Inglés. Aquella Universidad en la que el rector declaró festivo el día de la nevada. La sociedad de entonces no ayudaba precisamente a que la mujer se licenciara en nada, salvo en las tareas del hogar. Mucho menos que después pretendieran dedicarse a la investigación o trabajar para ganarse un sueldo que le concediera todos los beneficios de la autonomía. Una profesional de la Medicina me explicó en una ocasión que las españolas nacidas en los años 20 y 30 no están debidamente reconocidas. Son las generaciones duras que tuvieron que abrirse camino, lastradas por frecuente incomprensión de muchas congéneres. Padecían el sambenito de ser malas madres por estudiar, por garantizarse una base para el futuro. Al menos tuvieron padres con una mentalidad de vanguardia para sus hijas. Ellas soportaron las críticas de querer trabajar en lugar de quedarse en casa para cuidar a los hijos. Esta misma profesional me precisaba que entonces debían sufrir evidentes grados de crispación sin ayuda de fármacos ni mucho menos de visitar al psiquiatra, que directamente era visto como un loquero. No existían los conceptos de terapia, conciliación, calidad de vida, etcétera. Es evidente que este colectivo de mujeres ha sido tanto un ejemplo de dureza, sacrificio y esfuerzo titánico, como de mucha incomprensión. Fueron avanzadas en su tiempo con casi todo en contra, sin más ayuda que la siempre insuficiente tata o los favores de algún familiar. Cinco, seis, siete, ocho hijos... Y en muchos casos trabajando en la calle. No les estaba permitido estudiar ciertas oposiciones del Estado, comparecer en juicio sin el permiso del cónyuge o tener a su nombre el contrato de la luz. Y estudiaron para después ejercer una profesión si así lo consideraban oportuno y no depender del marido si fuera necesario. Estaba mal vista la figura de la madre con título universitario, mucho más la de la madre trabajadora, y no digamos aquella a la que se le ocurría entrar en un bar o ir a los toros sin la compañía de un varón.

Todos conocemos apellidos de mujeres de aquellos años que hoy siguen entre nosotros. Mujeres licenciadas en Medicina, Química, Filosofía y Letras, en las Ingenierías de entonces... Todas de una dureza heroica, con un índice de queja bajo, tirando del carro, moderando los conflictos de la prole, aguantando las estúpidas e impertinentes acusaciones de quienes osaban reprobar el legítimo enfoque de sus vidas.

Esta semana hemos despedido a una de aquellas estudiantes de cuando las aulas estaban presididas por la paz y la dulzura de la Buena Muerte. Aquellas mujeres nunca necesitaron cuotas, se las fabricaron ellas mismas con su esfuerzo. Se ganaron el respeto, se forjaron su propia libertad en un contexto adverso. La evolución de la sociedad les dio la razón, porque no hay verdad que no requiera del barniz del paso del tiempo. Hoy los problemas son otros muy distintos en una nación propensa a los pendulazos. Pero como dice la profesional, siempre estará pendiente el homenaje a ese colectivo de mujeres que lucharon para valerse por sí mismas. Pusieron su grano de arena para que otras, hoy, disfruten de la playa de la plena libertad de oportunidades.

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