Análisis

Gumersindo Ruiz

Natural o artificial, falta inteligencia

Hace unos días me comentaba el director del Parque Tecnológico de Andalucía (PTA) que, pese al desarrollo formidable del PTA, buscaba una actividad que lo situara en otra dimensión. Hablamos de empresas que desarrollaran blockchaine y pusieran el PTA como referencia internacional; sin embargo, el blockchaine es un concepto con escasas aplicaciones prácticas, y las experiencias que conozco -por ejemplo sobre el tráfico en una red de puertos- reciben el nombre de blockchain por la moda, pero ni de lejos responden a lo que significa para las monedas virtuales. Sin embargo, creo que la inteligencia artificial (IA) es la carrera que hoy toca correr en España y en Andalucía. La IA es la simulación de procesos de la inteligencia humana por sistemas informáticos, e incluye aprendizaje, razonamiento, autocorrección, y ejecución, con ayuda de robots o máquinas; aquí están desde los familiares cajeros automáticos, hasta los robots de montaje de automóviles, o los identificadores de caras y pasaportes, que facilitan el tráfico de viajeros en un aeropuerto. La IA sirve para todo, y pueden ser máquinas que ayuda a las personas, o personas que ayudan a una máquina en su función.

No vale la pena recrearnos morbosamente en nuestra debilidad tecnológica, tanto en investigadores -de los que apenas el 5% están en tecnologías de la información, y otro 5% en las de producción-, como en el gasto en investigación y desarrollo, o el escaso peso de las empresas (37%) en el total.

Todos estos datos están en el nuevo Anuario Joly y son de fácil consulta. Pero si Andalucía y España están mal, en Europa tampoco se sigue el ritmo de Estados Unidos y China, que invierten anualmente alrededor de 19 y 10 mil millones de dólares respectivamente en IA, mientras que Europa se queda en 3,5 mil millones. En Estados Unidos son los gigantes como Amazon, Apple, Google, los que pueden dedicar inversiones fantásticas a la IA, y en China, Tencent, y sobre todo el propio Estado.

Dos cuestiones hay que tener en cuenta; la primera es cómo se desarrolla IA, y aquí tenemos el ejemplo de Marcus Wallenberg, el empresario sueco, que lidera una iniciativa de cooperación de empresas en los países del Norte, en torno a la compañía Combient, en aprendizaje de máquinas. Tampoco sería descabellado pensar en algo así en España, como embrión de un proyecto de IA; y no debería pasar que una empresa como Repsol recurra a Google para aplicar tecnología de IA en su factoría de Tarragona. Nuestro sector financiero, por ejemplo, tiene sistemas avanzados de gestión de riesgos y análisis de datos, aplicables a otros sectores.

Y la segunda, que la inteligencia artificial en fábricas, agricultura, o servicios, supone no sólo menos necesidad de mano de obra, sino que la divide entre unos pocos técnicos muy especializados, y trabajos rutinarios y mal pagados.

Hasta ahora, las mayores ganancias de productividad van sin discusión y en todas partes al factor capital, pero nada es inevitable, y las sociedades pueden organizarse para ser a la vez productivas y justas.

Si no es así, podríamos decir con razón que se han juntado la inteligencia artificial y la estupidez humana.

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