Análisis

Carlos Navarro Antolín

Orinar en sevilla

El centro de Sevilla no tiene aseos públicos. El contrato con la anterior empresa ha expirado y no se ha convocado un nuevo concurso. Esto es mucho más grave que la falta de conexión ferroviaria entre Santa Justa y el aeropuerto para librarnos de la mafia del taxi, mucho más importante que la red completa de Metro, la bajada del IBI o el exceso de veladores. No tenemos dónde orinar cuando vamos a la Plaza Nueva, al Duque o a la Alameda. A lo Romero Murube, se podría decir que tratar de orinar en Sevilla hoy es morir cruelmente y poco a poco en cada calle, en cada esquina de la ciudad. Algunos casi más que morir, se lo hacen directamente en esas calles y en esas esquinas. Se nos acaban los trucos, eso de entrar en el Mercantil haciendo como que quiere ver la última exposición cofradiera, cuando en realidad buscamos los aseos. O eso de colarnos en el Colegio de Abogados sabiendo que el conserje no conoce a los diez mil colegiados, o en la casa de hermandad de la Macarena, o en la vieja fábrica de tabacos confundido entre los alumnos, o en el edificio Laredo, donde hay unos espléndidos servicios en la primera planta. Qué dificil es orinar en el centro de Sevilla sin tener que pasar por la caja del bar. Hay recursos más difíciles para orinar sin tener que consumir en una taberna, como entrar en el Alcázar, pero las colas son cada vez más largas, o en algunos museos si le cogen a mano. En los museos se orina bien, que dijo una vez uno con el desahogo de quien afirma que en los paradores se come bien o en el AVE se va cómodo. Por cierto, escrito está que en Santa Justa es mejor no orinar. Los urinarios huelen a perros muertos y hay aficionados al VAR...

La Junta podría sacar una ley similar a la de los vasos de agua que deben dar los bares para que la hostelería cumpla subsidiariamente con la función que no realiza la Administración Pública: ofrecer retretes para que el personal pueda hacer sus necesidades. O declarar ciertos bares como agentes colaboradores. ¿La frase célebre no era que la Junta colabora con quien colabora? Sevilla se ha quedado sin retretes en el siglo XXI como se quedó sin cerveza en los años posteriores a la Guerra Civil, como refiere Eslava Galán en Los años del miedo.

Orinamos gracias a los bares con tal frecuencia que algunos han blindado los accesos a los servicios con una clave que sólo revelan a los clientes. Los retretes públicos cerrados son un efecto llamada demoledor. ¡A los bares, a los bares! Juan Espadas ha colocado fuentes para beber, pero no aseos para orinar. El gobierno nos da pan, pero nos deja sin chorizo. Cada retrete cuesta 17.000 euros para que, al final, estén cerrados y sean objeto de los ataques de los gamberros, también llamados vándalos. Puede usted ver un ejemplo de retrete perfectamente clausurado en la Plaza de España, junto al monumento de Aníbal González. Obsérvelo y sepa que se encuentra ante una disyuntiva: orinar en La Raza, o aguantar hasta su casa. Su habilidad o esfuerzo, según la solución escogida, habrá contribuido al ahorro de los 17.000 euracos que le costaría al Ayuntamiento comprar el retrete para tenerlo abierto. Todo se arregla con educación, que es lo que se dice ahora para no afrontar un problema. Pues eso, todos a salir de casa orinados. Tendremos en Sevilla los premios Goya, pero no donde orinar con la... higiene debida. En las calles de Sevilla hay que morir. Está claro que para orinar, nada como la casa de cada uno. Porque el conserje de los abogados ya se está orientando.

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