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El doctor Bacterio también cobra de Mediaset. No le paga bien la TIA parece ser, así que se ha llevado los trastos a la tarde de Cuatro y con la vivaracha Nuria Marín ha llenado el plató de aparatos de análisis psiquiátricos para que desfile toda la caterva de La isla de las tentaciones, uno detrás de otro y otra, para dar paso a toda la fauna de recuelo y retroalimentación que necesite la cadena.

Lo del doctor Bacterio, de La Fábrica de la Tele, se llama La habitación del pánico y podía haberse llamado de cualquier manera, El experimento Espinete o La máscara del zorreo. El programita es una excusa de hora y media (una hora en Cuatro y un rato más en Divinity, como colofón de los seriales turcos) para seguir hirviendo los trapos sucios del personal. Para allá seguro que mandan algún calzoncillo de Supervivientes, porque ningún programa de Mediaset puede respirar sin mirar de reojo a las hondureñas de playas de Cayos Cochinos (donde los piratas ingleses dejaban engordar a sus cerdos, por cierto). Al invitado de este pánico que da risa se le somete con cablelería y aparataje a un test tipo polígrafo gigante con el que se le intenta examinar si sus declaraciones son ciertas y si es capaz de esconder sus reacciones y sensaciones. Todo sensacional. Y sensitivo.

Mediaset confirma que sólo esta compañía puede exprimir con alegría y sin tapujos toda su galería de famosos desinhibidos, con los que colapsa sus realities, Sálvame y demás programas cardíacos. A cambio, hay que reconocerlo, los canales de esta empresa suministran materia butiminosa de sobra a revistas, folletines, folleteos y webs, en viral relación recíproca.

Cuatro ya renunció a una amplia ventana de actualidad (se ha quedado en poco más de un tragaluz) con la que pretendía competir directamente con La Sexta a cambio de incorporar contenidos de este calibre, formatos más baratos, con menos compromiso y, parece, con más índices de audiencia. Una versión más juvenil y low cost, que ya es decir, de Telecinco. Sin más honduras. Mire usted.

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