Análisis

francisco andrés gallardo

Pardo

El dominical de La Sexta busca su rumbo, probando con gaseosa y con pólvora

Cristina se hallaba radiante y en su salsa en el plató de al rojo vivo. Recibía a portagayola a los diputados del PP, a los abogados de los imposibles, a Pablo Iglesias y al tontito de Rufián. Le gusta el toma y daca, el zasca y el contrazasca, lo divertido de la dialéctica cuando se tira de los pelos con la demagogia.

Como relevo de Ferreras la chica del flequillo, su marca de la casa, era ideal. Aún más cañera que su jefe, aguda observadora y refrescante analista, añadía su sonrisa con tonillo de cachondeo para confirmar lo bien que se lo pasaba entre papeles y las declaraciones de tantos rostros duros.

Pardo, color de La Sexta verde, puntal de lo que es este canal abrigado por Atresmedia, estaba llamada a correr por la banda más pronto que tarde. A tener programas con su sello, empezando por sus Malas compañías, en la calle como le gusta, hasta recalar en el plató, en su casa propia, con Liarla Pardo. Como quien se va a un chalet por levantar las paredes, Cristina, añorante de sus rojos vivos, busca su rumbo por los fines de semana, probando a ratos con gaseosa, a veces con un poco de pólvora que saca de sus bolsillos, para crear su programa de estilo propio. Entre El Hormiguero, La Sexta Noche y Más vale tarde entre Pardo y la productora Cuarzo están dando vueltas hasta buscarle el punto a un formato generalista que interese a la audiencia que retoza por la tarde dominical y que mantenga los códigos del canal y de la anfitriona.

No termina de calar este lío. Es evidente que aún sigue en pruebas. Los colaboradores ponen ganas. La clave se halla en la propia Cristina que no termina de encontrarse a gusto en su casa. Es cuestión de tiempo. Seguro que la cadena le da margen a la niña de sus ojos.

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