Análisis

Pilar cernuda

Perfiles

Rajoy y sus compañeros constitucionalistas deben tender puentes con los secesionistas moderados

Se equivocó Sáenz de Santamaría al creer que Junqueras podía ser el hombre que se avendría a responder a las ansias independentistas desde la legalidad y serviría de contrapunto a un Puigdemont que desde el principio se echó al monte. Junqueras no se movió ni un milímetro de sus ansias independentistas y ,como al ex presidente ahora huido, le importaba un bledo la legalidad y la Constitución.

Tampoco Santi Vila podía ser el elegido: le ha podido su amistad con Puigdemont y su compromiso político con él más que la defensa de sus ideas, catalán y español confeso a pesar de su independentismo y, además, hombre que defendía la independencia desde la legalidad, con las reformas constitucionales previas necesarias. Vila ha quedado fuera de juego al precipitarse anunciando que quería ser candidato del PDeCAT primero y creador de una plataforma macroniana después. Con el calificativo botifler escrito a su espalda, que es lo peor que le puede ocurrir ahora a un nacionalista-independentista catalán,

Rajoy y sus compañeros constitucionalistas -por cierto ¿dónde se ha metido Pedro Sánchez?- deben realizar ahora un esfuerzo ímprobo para tender puentes con los independentistas dispuestos a defender sus ideas desde la legalidad, tarea nada fácil porque el 155, inevitable, y las decisiones judiciales han envenenado el escenario en el que se deben desarrollar las conversaciones en el futuro y aun no se sabe quiénes pueden ser los catalanes dispuestos a dar un giro copernicano a la estrategia que han llevado hasta ahora. Todo se complica con la estudiadamente ambigua posición de Colau, arrogante árbitro de la situación. Pero, de forma inmediata, lo más urgente es que el Gobierno encuentre los interlocutores adecuados para negociar en Bruselas la situación de Puigdemont, con un Gobierno belga poco estable, una coalición de la que forma parte el partido que apoya a Puigdemont, y además quiere ser escrupuloso en la obligada separación entre poderes Ejecutivo y Judicial.

El ministro Dastis, diplomático impecable, no sirve para ese propósito negociador. Tiene oficio, pero no el carácter para pelear, apaciguar, reflexionar, seducir e incluso amenazar veladamente a un interlocutor, que es lo que hacen quienes se levantan de la mesa con el triunfo en la mano. Rajoy es bueno con el teléfono, cuentan en las cancillerías, y mantiene relaciones sólidas con los gobernantes más influyentes de la UE pero no con el primer ministro belga. González Pons se mueve bien en la Eurocámara, pero no es ministro, su fuerza se basa en sus relaciones personales y su capacidad de convicción. Cuenta con la ayuda inestimable de eurodiputados socialistas españoles con contactos y experiencia, como Jáuregui y Valenciano, pero tampoco pueden ir más allá de explicar a sus colegas de otros países cual es el grado de falsedad de los independentistas.

Ha llegado el momento de negociar con Bruselas a fondo, porque no se puede consentir que Puigdemont se apunte un éxito judicial. Es por tanto el momento de decidir la estrategia en Bruselas -en el sentido más amplio de la palabra- y elegir a los negociadores que sepan con quién hablar, cómo hablar y de qué hablar.

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