Cuando alguien denuncia a un cargo público suele haber más ruido que cuando se archiva. Y no se valoran las consecuencias. Lo digo por el revuelo mediático que se montó cuando en la Pascua florida celebraron en Coripe la fiesta de la Quema del Judas, que en esta ocasión fue un muñecajo de Ana Julia Quezada, la asesina confesa del niño Gabriel Cruz. Un grupo contra la intolerancia denunció a Antonio Pérez, alcalde socialista de esa población, por lo que se presentó como un linchamiento, incluso racista o xenófobo. Sin embargo, la Fiscalía de Sevilla ha archivado el caso, al considerar que se trata de una fiesta popular, en la que todos los años se quema un muñeco que representa a alguien, y que no había nada punible en este asunto.

La decisión es lógica, porque la tradición de quemar está muy extendida por toda España. Menos en Sevilla, donde después de las hogueras de la Inquisición dogmática (y las quemas de iglesias en los años de la República), parece que ha quedado la sana costumbre de no prender fuegos innecesarios. Pero eso no quita para que formen parte de los festejos populares de este país. Ahí están las Fallas de Valencia, las quemas de los Judas en el tiempo de la Pascua florida (que no sólo organizan en Coripe, también en muchos pueblos), y por supuesto las Hogueras de San Juan, que festejan en Alicante con más tronío, pero que se celebran en cientos de municipios costeros de España, donde las playas suelen quedar de verdadera pena.

Sin embargo, en Sevilla no se practica esta costumbre. Es curioso, porque aquí, como en el resto del país, existe esa intención ejemplarizante de purgar el Mal. Y, en modo costumbrista, eso consiste, de un modo u otro, en que el prójimo pague sus culpas. No de una forma cruenta, faltaría más, sino de modo simbólico. En esas fallas, judas, hogueras del verano y demás fiestas del fuego son quemados simulacros de políticos, personajes populares, artistas, futbolistas... ¿Por qué no pueden entrar asesinos y violadores en ese lote? No sólo políticos, lo que sea. A Mariano Rajoy se le ha quemado mucho, lo achicharraban por doquier. También es costumbre habitual quemar a los alcaldes. Pero eso nadie lo consideraba intolerancia.

La Fiscalía tampoco lo ve mal. Quemar fantoches no es delito. Hay que tenerlo en cuenta. Todas las fiestas tienen un principio, y en Sevilla se entiende mucho de Judas, que aparece en varios pasos.

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