Análisis

Pilar Fuertes

Redes mortales

Escribir hoy día un artículo de opinión es una tarea casi titánica. En primer lugar porque hay temas para dar y regalar. En segundo porque las opiniones corren por las redes sociales como la pólvora, la sensación de aquello de que todo está dicho. Y para rematar, los insultos y falta de respeto dan hasta miedo cada vez que uno opina algo. Este miedo se incrementa cuando un político de turno te lanza a sus secuaces con un simple retuit. Siempre pensé que cuando retuiteabas a alguien era por estar de acuerdo, ya no. Las redes se han convertido en un campo de batalla sin escrúpulos en la que los políticos llevan cañones.

Ya dudo si es sano para nuestra sociedad que los partidos tengan redes sociales.Tampoco los cargos públicos, los ayuntamientos, los concejales, los ministros... y hasta el presidente del Gobierno. La mayoría demuestran una falta de cordura y contención a la hora de usar sus dedos ante un teclado y ante millones de personas. Desparraman en las redes sus impulsos sin pensar en a quién representan y por qué nos representan. Sin entrar en de quién cobran. Alteran a un país con cuatro líneas de desahogo y encima piensan que han escrito la Constitución.

El debate parlamentario en un tuit, la campaña electoral en un me gusta, la ley del mínimo esfuerzo y el compadreo de alabanzas. Mientras, ellos leen cómo sus seguidores y detractores se pelean e insultan en público sin importarles lo más mínimo y sin poner una simple palabra para evirtarlo. Debería ser como ver pelear a tus hijos e intentar pararlos. Pero no, les gusta vernos tras las trincheras de internet. Observen los seguidores de algunos de nuestros ilustres políticos. Nombres absurdos, avatares con marcianos, gatitos, muñecos... Son la mayoría. Insultan sin reparos bajo el anonimato y nuestros políticos no los bloquean. ¿Por qué? ¿No los deberían también denunciar? ¿No están representándonos en un parlamento donde se dictan las leyes, donde ellos mismos las votan y aplican?

No solo comete un delito el que amenaza, también el que lo apoya y permite. Pero no interesa mientras les hagan propaganda gratuita. Y no me digan que ante tantísimos seguidores y comentarios no tienen tiempo. Porque algunos se llevan todo el día en Twitter, aparte de tener ayundantes por dorquier para cada paso que dan.

He comprobado con uno de ellos, Gabriel Rufián, que nos leen a todos. Le eché un guante y lo recogió. Picó el anzuelo, dicho vulgarmente. Cuando a uno de sus secuaces le contesté con un tuit: "no se ponga así que Rufián no le lee", apreció el político con un me gusta. ¡Sorpresa!

Pongan freno al odio, señorías. No den cancha a miserables. Porque no solo por la boca muere el pez, también muere en las redes.

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