El presidente de RTVE, José Antonio Sánchez, sale de la corporación. Por fin. Pero menudo legado deja. Por de pronto, la programación está hipotecada hasta finales de año. Con Javier Cárdenas como cabeza visible de lo que dio de sí su etapa. Tendrá que pasar tiempo para reconducir el rumbo. Las cosas de palacio van despacio.

Dando por hecho de que más pronto que tarde TVE va a cambiar, permítanme que no sea optimista con los pronósticos que se avecinan. Y no estoy refiriéndome tanto a contenidos como a audiencias, no tanto a la oferta como a la demanda.

Vamos a suponer que Fran Llorente, todavía joven y en activo, volviese a dirigir los servicios informativos. Que Lorenzo Milá volviese de Roma a presentarlos. Vamos a seguir suponiendo, y puestos a imaginar, soñar que programas de productoras privadas, como los de Cárdenas, Bailando con las estrellas o Masterchef van fuera. Y que a cambio, TVE apuesta por nutrirse del talento que existe en su propia casa. Y recuperan a Santiago Tabernero para que lleve a cabo una noche con carta blanca. A María Escario para que haga lo propio en el terreno deportivo. A Elena Sánchez Caballero le dan un debate fetén, vibrante, como los que conducía Ana Pastor en 59 segundos.

Imaginen la parrilla de La 1 con todas esas presencias y todas esas ausencias. ¿Alguien que sepa de verdad como está el patio confía en que subirían las audiencias? Todo lo contrario. Está claro que las cifras se abocarían al descenso. Que el cambio es urgente está fuera de toda duda. Que vivimos un fin de etapa improrrogable también. Pero debemos reconocer que la audiencia cautiva de La 1 está muy envejecida.

Pensemos en Trece, que emitiendo cuatro western diarios, sin despeinarse, se posiciona casi por encima en cuota sobre La 2. Así es. Pero dicho esto, hay que actuar en TVE. Ya.

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