Análisis

Julio Lorca

Director de Desarrollo Salud Digital en DKV Salud

Remodelando nuestra realidad

La neuroplasticidad permite verdaderas modificaciones en la estructura física cerebral. Un evento como el íctus activa mecanismos de regeneración neuronal antes desconocidos

Gordon Willard Allport, psicólogo estadounidense, uno de los pioneros en el estudio de la personalidad.

Gordon Willard Allport, psicólogo estadounidense, uno de los pioneros en el estudio de la personalidad. / Archivo

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Desde mi etapa de estudiante de medicina, entre las miles de cosas aprendidas y memorizadas, recuerdo la definición de personalidad como: “La organización dinámica de los sistemas psicofísicos que determinan el singular ajuste del individuo con su medio”. Recientemente, revisando al autor, Gordon Allport, descubrí que lo que escribió fue algo ciertamente diferente, aunque conservo la esencia de lo descrito. He creado mi propia definición sin saberlo.

Situaciones como esta, recordar con convicción una versión alterada de una realidad pasada, es más común de lo que podríamos pensar. En una ocasión, al conocido neurocientífico Facundo Manés, le preguntaron durante una entrevista televisiva, sobre la forma en que conoció a su mujer. Al volver a casa, está le inquirió sobre la razón que le había llevado a “inventar” algo que no fue tal. Según relata él mismo, “estaba absolutamente convencido de lo que allí había descrito; y sólo ante los detalles que mi mujer aportó más tarde, concluí que me equivocaba”. Según argumenta el propio científico, cuando recordamos algo del pasado, abrimos una ventana en la que el recuerdo puede ser modificado si inconscientemente añadimos, con tal ocasión, matices complementarios que pueden proceder de algo que hemos imaginado o soñado. Estos pequeños matices terminan generando versiones alteradas de los recuerdos. Lejos de ser un problema, esta capacidad de adaptarnos nos puede proteger con el tiempo de traumas pasados.

Retomando el hilo iniciado, me impresiona la capacidad que tuvo Allport para anticipar el carácter dinámico - adaptativo que caracteriza al del ser humano. Y hablamos no sólo de remodelaciones funcionales como se intuía en el pasado, sino de verdaderas modificaciones en la estructura física cerebral. Es a lo que llamamos neuroplasticidad. 

Cuando se produce un accidente cerebrovascular (ACV) se pierden una gran cantidad de conexiones neuronales que, dependiendo de la ubicación de la lesión, provocará una u otra repercusión funcional, motora (ej. hemiplejia) o sensorial (ej. pérdida del habla). La buena noticia es que el propio evento sufrido activa mecanismos de regeneración neuronal antes desconocidos. Aunque para favorecer tal milagro, será necesario practicar de forma repetida sobre lo que se quiera recuperar, pues los nuevos circuitos requieren de experimentación y aprendizaje. De ahí la importancia de ciertas zonas cerebrales especiales, que como el hipocampo -una parte del circuito límbico emocional- desempeñan un papel esencial en la codificación y consolidación de la memoria o en la navegación espacial. Una línea de trabajo bastante prometedora para ayudar en tal tarea, es el uso de la Estimulación magnética transcraneal repetida (EMTr) aunque por el momento, según la fundación Cochrane, carecemos de suficiente evidencia sobre su efectividad. Aunque no es la única vía que podemos abordar.

Hace unos días, la revista The journal of Neuroscience comunicaba los hallazgos del CSIC sobre el conocido gen Smad2. Se sabe que la neuroplasticidad en adultos está directamente relacionada con la capacidad de crear nuevas neuronas en el referido hipocampo, por mecanismos que aún no se comprenden en su totalidad. Nuestros científicos -algunos andaluces- han comprobado en ratones, la influencia de la actividad física en la modulación de la plasticidad neuronal (mediante la activación de procesos epigenéticos, concretamente la metilación del Smad2) que estimula la diferenciación en nuevas neuronas y aumenta el número de dendritas conectadas. Esto que parece algo complicado de entender, podemos simplificarlo avanzando sus consecuencias: podríamos llegar a desarrollar fármacos que imiten los efectos beneficiosos del ejercicio físico, y no para conseguir “estar cuadrados” sin salir de casa, sino a nivel cerebral, reproduciendo sus efectos ansiolíticos, antidepresivos o de bienestar emocional. Abriendo, al mismo tiempo, el camino a otras nuevas terapias para el déficit de memoria de origen hipocampal o facilitando la neurogénesis necesaria para recuperar capacidades cerebrales perdidas.

En La Salud Que Viene dispondremos de nuevos fármacos que tendrán la capacidad de reproducir los efectos beneficiosos de la actividad física, en enfermos con depresión o ansiedad o en personas con limitada movilidad, así como para la recuperación de determinados tipos de pérdida de memoria o para nuevas formas de terapia rehabilitadoras basadas en la neuroplasticidad.

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