Después de contar hasta diez, de pasar página a la nebulosa televisiva navideña (a veces tan pesadillesca) y de mirar con cierta perspectiva todo lo visto durante las fiestas de fin de año, mi pensamiento regresa a una idea recurrente: ¿y si el caso de José Mota fuese el del rey que va desnudo al que nadie, salvo algún niño sincero, se va a atrever a delatar?

A mí Retratos salvajes no me hizo ninguna gracia. Comenzando por la estructura general y terminando por los supuestos gags, de todo punto insuficientes para levantar un programa de televisión que se supone es el más visto del año, eventos en directo aparte. El primer relato, por llamarlo de alguna manera, no tenía fin. Ni ritmo alguno. Recuerdo mi sensación de vergüenza ajena cada vez que aparecía el querido actor Carles Castillo, aquel personaje que se pasaba más de media hora corriendo por toda la ciudad con unas cajas de cerveza vacías que, finalmente, iban a parar a Moncloa, a modo de alzas para que el presidente ganase talla.

En nuestra sociedad abundan tanto los reyes desnudos que lo difícil, una vez instalados, es que alguien les señale con el dedo. Por eso fue tan surrealista leer lo que se llegó a publicar sobre José Mota el día después de la emisión. Epítetos imposibles para esconder cualquier atisbo de sinceridad. Conste que no tengo nada en contra del humorista, al que en lo personal respeto como el que más. Pero en este país sucede que a alguien le dedican un reportaje para él solito en Informe semanal y la portada del suplemento dominical más vendido (cuando se vendían de verdad) y pasa directamente al parnaso de los dioses. Pero resulta que la vida de los mortales no es tan corta como algunos creen. Y ser genial tanto rato agota.

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