Cuantas veces hemos escuchado a alguien, con cara de cuñado que parece haber estudiado Teología en Tubinga, que sí hay Semana Santa, que lo que no hay son pasos? Voy a ese, entre despectivo y suficiente "lo que no hay son pasos". La religiosidad popular, a veces, está mal mirada en la Iglesia. Cierto (y equivocado) complejo de superioridad por parte de unos y de inferioridad por parte de otros, alimenta esa idea. Se ha dicho que, aunque no haya procesiones, podemos vivir la Semana Santa con mayor profundidad. Esas frases hechas esconden un déficit de comprensión sobre lo que verdaderamente significa en Sevilla la vivencia de la Fe, su inculturización y su celebración.

Sin ese encuentro anual con nosotros mismos y con los que fuimos, y fueron, antes que nosotros; si no renovamos el rito de aquel lugar, aquella esquina, aquel momento. Si no damos ese abrazo de primavera anual, sin ese pellizco bajo la sombra del azahar o ese reflejo de la candelería sobre su cara, dónde reflejas la tuya. Sin reunión familiar previa a la estación de penitencia, nervios de víspera, sin preparativos de túnica colgada fuera del armario, capirote, medalla, esclavina. Sin eso, no habrá Semana Santa... tal como la vivimos aquí.

Parece que la globalización religiosa pretende que celebremos la Semana Santa como si viviéramos en Oslo o Berlín. ¿La Semana Santa son sólo oficios y vacaciones? Desde luego en Sevilla no. ¿Sólo pasos? Tampoco. Precisamente porque salgo de nazareno, porque frecuento los cultos de mis hermandades, porque voy a los besamanos y al encuentro de Dios por las calles... porque vivo la Fe como se vive en Sevilla, por eso sé que nos han quitado la Semana Santa... o por lo menos la que vivimos aquí. Lo demás, es querer cerrar los ojos a nuestra realidad. Y conste que yo participo en los oficios del Triduo Sacro todos los años. Porque eso también forma parte de mi Semana Santa... pero no sólo eso.

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