Mis primeras palabras escritas en este medio no pueden ser sino de agradecimiento a sus responsables (ellos sabrán), por permitirme asomarme durante esta cuaresma a la lectura de los sevillanos. Es un honor que agradezco humildemente. Siento gran responsabilidad por compartir tribuna, en este periódico que ya cuenta por décadas su historia, con gente que admiro y respeto. En segundo lugar pedir perdón, por un lado por el título de la tribuna, patada indisimulada al diccionario, pero que entiendo refleja un estado de ánimo que creo que muchos sevillanos comparten conmigo. Ese provocativo término es un símbolo de que nuestras tradiciones pueden evolucionar de alguna forma, sin perder su esencia principal. Disculpas anticipadas por si mis palabras, las cuales sólo representan a mí mismo, pueden en algún momento incomodar o perturbar la plácida vida de nuestros lectores.

Dicho esto, no olvidemos lo esencial: desde ayer estamos en cuaresma, el tiempo del cambio. Así que animo a todos a vivirla santa y "cofradieramente" que entiendo son palabras sinónimas. Por eso me anoto mis propósitos de cuaresma: ir a ver un Cristo (preferentemente que esté en una residencia, en el hospital o en la cárcel); ir a rezar a tu Virgen (a tu madre que, ¿cuánto hace que no eres tú quien la llamas, y siempre lo hace ella?); lavar y planchar tu túnica (también la de tu vida interior: ¡qué buenas tintorerías son los sacramentos!); comprar las sandalias o hebillas (que te lleven en tu camino a la conversión); participar en quinarios o triduos (aunque el encuentro con el Señor dure más días); sacar la papeleta de sitio (porque no podemos faltar con esta cita anual con nosotros mismos); y comprar torrijas (aunque no las hayan hecho aquellas manos que ya nos faltan, su dulzor seguramente alegrará nuestro ánimo).

Les deseo una santa y fructífera cuaresma. Es tiempo de cambiar, y si después nada ha cambiado, algo no habremos hecho bien.

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