El día sin Dios, murió Gabo. Siempre he pensado que uno debería decidir el día que quiere dejar este mundo y el momento para hacerlo. La pérdida de García Márquez fue uno de los momentos que más recuerdo de aquella Semana Santa. Quizás sea porque siempre he vivido un tiempo en los libros, en las historias de otros. En el balcón de Calvillo hay una biblioteca inmensa que antes solía ocupar mi cuarto. Me agrada pensar que duermo en una habitación donde no entra el sol, pero que ha estado llena de ventanas. Aquel fue el último año en el que viví una Semana Santa al uso o, al menos, de la forma en la que yo estaba acostumbrada a vivirla. (Ya sé que vivir esta Semana en un balcón de Sierpes puede considerarse de todo menos algo "al uso".) Tras ese año, empecé a trabajar todas las Semanas Santas y poco a poco esos libros que me habían acompañado entre tramos y tramos de nazarenos, se fueron desvaneciendo. También los recuerdos.

"Que la vida iba en serio, uno lo empieza a entender más tarde". Hay momentos en los que me veo subida en un cajón de Cruzcampo, siempre la Cruz, intentando ver un rostro bajo algún palio, los rosarios entre los varales, el destello de la plata entre el Silencio, Zaqueo, las olas de la Madrugada serpenteando por el Mercantil.

"Hoy la memoria escoge el camino más corto para herirme". En ocasiones me acerco a esa a la sala donde solíamos pasar esta semana. Veo a Emi, intentando hacerme rabiar con cualquier historia del Sevilla, a Mateo paseando con El Llamador en la mano, a Alonso el día que se tiró un bote de lejía, a la Yaya y mi primera bola de cera… Sin la certidumbre de que aquellos momentos serían nuestros mejores recuerdos. Quiero que nos queden muchos más. Quiero que les queden todos los posibles. Hagamos el favor de portarnos bien, lavarnos las manos y llevar ajustadas las mascarillas. Quiero que mi abuela recuerde otra Semana Santa con su familia cerca.

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