Análisis

Gumersindo Ruiz

Virtudes ordinarias en un mundo dividido

No esperaba gran cosa del libro de Michael Ignatieff sobre la construcción del orden moral a partir de unos valores comunes. En realidad, es más un tratado de cómo prevenir el conflicto en nuestras ciudades, con las menos reformas sociales posibles, que una ética de cómo erradicar los motivos de conflicto.

No en vano, Ignatieff, que fue líder del partido liberal canadiense, ha defendido en otros libros que el fin justifica los medios, siendo la paz social el "gran fin", tal como él lo dibuja. Sin embargo, es atractiva la idea de que en ciudades de países muy diferentes, entre las que podríamos situar las nuestras -y en cada lugar a su manera- se construyen formas de convivencia que, aunque precarias, sirven para que la gente sobreviva.

Las virtudes a que se refiere son sencillas, tales como la tolerancia hacia las opiniones de los demás, así como convivir con personas con las que hay diferencias culturales o religiosas; la capacidad de perdonar comportamientos que nos molestan pero no son excesivamente graves, y cierta confianza en los demás, en las instituciones, los poderes públicos, los vecinos, en quienes nos reconocemos y entre los que nos sentimos familiares. Además, tener capacidad de resistencia y recuperación en situaciones difíciles, como catástrofes, naturales o no. Estas virtudes ordinarias sirven para cicatrizar heridas en las pequeñas luchas de la convivencia, y se manifiestan en forma de reconciliación, solidaridad y un cierto sentido de decencia en la vida civilizada cotidiana. Sin embargo, cuando el orden se rompe, como nos ha ocurrido a nosotros con la crisis económica, cuyo legado seguimos arrastrando, el conflicto aparece y es fácilmente explotado por una política de miedo y exclusión, junto con falsas esperanzas de que todo volverá a ser como era.

Pocas experiencias pueden reflejar mejor el ideal de una sociedad confortable, que la del movimiento Artes y Oficios, sobre el que la Fundación March y el Museo Nacional de Arte de Cataluña han organizado una exposición que gira en torno a la figura del socialista, empresario, artista y artesano William Morris. "Personas ricas en virtud dedicadas al estudio de la belleza en la paz de sus hogares" es -como dicen Manuel Fontán del Junco y María Zozaya en su texto: "Belleza y justicia"- un resumen de este ideal de convivencia, perfecto aunque inalcanzable.

La mayor frustración de Morris fue precisamente que las cosas bellas y útiles para la casa que producían en sus talleres estaban sólo al alcance de una minoría con capacidad para adquirir algo tan caro y valioso como lo hecho a mano, y su ideal de una sociedad equilibrada y justa se desmoronaba con los trastornos que provocaba el cambio industrial.

Sin salir de este ambiente, los conflictos humanos en una pequeña ciudad quedan reflejados en la preciosa película La librería", de Isabel Coixert, donde la maldad y la bondad coexisten, pero triunfa la primera.

Es sólo la determinación y el coraje de algunas personas la virtud que consigue hacer avanzar las cosas, en un mundo dividido entre los que exterminan -física, social, o psicológicamente- y los que son exterminados.

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