Un año después del atentado islamista en Barcelona se ha confirmado la bochornosa politización de aquel ataque terrorista. Pero no sólo influyó en el proceso independentista catalán, que ya estaba subido de tono con Puigdemont. Por el miedo a que se repitiera en otras ciudades, el ataque del 17 de agosto de 2017 condicionó más que el del 11 de marzo de 2004. A pesar de que originó menos víctimas (aunque una sola ya sería demasiado), en Sevilla también ha influido más. Desde el verano pasado aumentaron las medidas de seguridad, visibilizadas con la proliferación de maceteros y de bolardos o marmolillos. Aquel atentado y los incidentes de la madrugada del Viernes Santo de 2017 (sin relación entre sí, por supuesto) cambiaron los criterios. Así se convirtió el Cecop en el Gran Hermano de Sevilla.

La seguridad pasó a ser lo primero. Es discutible que algunas de las medidas adoptadas hayan sido eficientes, pero ya no se discute eso. Empezaron con los maceteros, que proliferaron en el entorno de la Catedral. Después su principal utilidad ha sido impedir los aparcamientos en la calle Mateos Gago, cuestionar la parada de los coches de caballos en el Alcázar, dificultar la visibilidad a la salida de la Virgen de los Reyes, y cosas así. Los bolardos protegen determinados lugares, pero no han impedido alunizajes de ladrones con un BMW de la serie 3 o un Seat León que previamente eran robados. Los chorizos de telefonía móvil y otros aparatos electrónicos han dejado en evidencia algunos aspoectos de la seguridad en Sevilla.

Hubo un cambio de ministro, de Juan Ignacio Zoido a Fernando Grande-Marlaska, y un cambio de delegado del Gobierno, de Antonio Sanz a Alfonso Rodríguez Gómez de Celis. Pasamos del PP al PSOE en el Gobierno, aunque en el Ayuntamiento no hubo cambios.

La Semana Santa ya nunca será igual. La seguridad total no existe y la seguridad relativa se relaja. La memoria se va difuminando según pasa el tiempo. Sevilla está más resguardada, en teoría. Eso hace que ciertas cuestiones estéticas (las espantosas vallas azules de plástico, pongo por caso) se pasen por alto.

Aquella tarde de verano, en Barcelona, provocó miedo, mucho miedo, también en otras ciudades. En Sevilla cambió costumbres. Aquel vehículo asesino de las Ramblas pasó también por nuestras avenidas, como un reflejo imprevisto de la muerte.

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