Me lo dice la gente que me quiere. Con cariño. También la que no. Con condescendencia. ¡Madura! Tomo nota, pero no hay manera de salir de mi bucle infinito de Peter Pan; un adulto éste que ya no cumplirá los 50, pero que se comporta las más de las veces cual crío incapaz de asumir los imponderables de la vida (laboral, social, marital, etc.) en un incombustible éxtasis rockero con el que surca alegre y hasta felizmente una realidad terca en la que la disciplina (de toda índole) manda y manda.

Toda esta parrafada a buen seguro que a usted se la trae al pairo. El problema es que el del bucle infinito es un trance por el que también pasa -más o menos eventualmente- gente de peso en nuestras vidas (en su calidad de multigestores, desde la pasta hasta de la moral), líderes que cogen un camino y como el tonto siguen y siguen la senda aunque el camino se haya acabado.

El vicepresidente segundo se ha metido en un campo minado con su impertinente cuestionamiento de la democracia española... Pablo Iglesias había sido todo el año anterior un socio disciplinado y correctísimo con la mayoría socialista en su coalición de gobierno, pero ante las abisales catalanas se está soltando el moño. Unidas Podemos corre el riesgo de mimetizarse con el PSOE en el paisaje electoral y para evitar ser abducido, Iglesias se ha metido en un jardín indeseable: un miembro de un Gobierno no debe, aunque pueda, cuestionar la calidad democrática de las instituciones que engrasan su andamiaje.

Otro bucle infinito es el de Salvador Illa. Su pirueta de pasar del potro de tortura de ministro de Sanidad a caballo ganador del PSC en las catalanas se topa ahora con su sospechosa negativa a hacerse una PCR antes de un debate. El efecto Illa cuadra círculos.

También ha entrado en bucle Pablo Casado. Empeñado en poner tierra de por medio con el PP de Rajoy, se le ha ido la lengua y hasta critica los desmanes policiales de su antecesor en el pseudorreférendum del 1-O.

La vida es un bucle más o menos melancólico y nunca se sabe si el que va de bueno lo es en esencia o es un mero impostor posturista. No hay almas puras... Todos nos debemos a algo. Los políticos, al argumentario. Los periodistas, a la línea editorial de nuestros medios... ¡Madura!

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