La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

El calvario de los chiringuitos

El Gobierno del cambio se jacta de reducir los chiringuitos, pero ha dejado los de las playas, pese a que algunos tienen cocinas que no pasarían el mínimo control de la Consejería de Salud de monseñor Aguirre. Seguimos comiendo en los chiringuitos a pesar de que en la mayoría es mejor no fijarse en muchos detalles para evitar el sufrimiento y no poner en jaque el escrúpulo. Existe un público al que le gusta ser maltratado, acepta con gusto el gato por liebre y paga con alegría el puyazo de la factura pese al vino caliente, el pan semiduro y las servilletas de papel. En los chiringuitos parecieran relajarse ciertas normas, como si se tratara de reuniones de romería, donde se comparten los platos, el polvo embadurna las viandas y los botellines pasan de boca en boca.

Algunas facturas de los chiringuitos son de antología. Ni que fueran sucursales de Oriza. El personal es escaso, por lo que los profesionales están malhumorados. El calor aprieta. Los niños corren y dan el latazo al reclamar el helado. Usted mira hacia abajo y ve las uñas largas del tío de la mesa de enfrente que, además, se estira y luce las plantas de los pies cargadas de arena negra. Y usted chupa la coquina, pela el langostino o no encuentra suficientes granos de arroz entre tanto estorbo de cigalitas que no sirven para nada. No hay peor timo que el de la cigalita arrocera. No aportan nada por mucho que el cuñado de turno le diga que la clave está en el sabor que dan al guiso. Pelar una cigalita arrocera es una porquería. El arroz, siempre con carne o con gambas peladas. Confiéselo, el almuerzo le provoca un sueño imposible de controlar, mientras aprecia una cola de gente sin camiseta que espera mesa para comer aunque sea a las cuatro de la tarde.

El platillo de las aceitunas sigue en la mesa desde el principio con algunos huesos centinelas. Nadie recoge los platos sucios. Su mesa es una covacha donde los envoltorios de los helados se mezclan con las inútiles cigalitas. Pero usted observa felicidad en todos los que se encuentran en la misma tesitura y esperanza en los que aguardan para estar igual. Entonces se somete a un ejercicio de reflexión. No descarta la posibilidad de ser presa de la soberbia de aquel cojo en el desfile que aseguraba que los demás llevaban el paso cambiado.

No pida café. El camarero le pondrá mala cara porque el jefe dicta que hay que "levantar" las mesas cuanto antes. Si logra que se lo sirvan, evite el bote de sacarina, puede ser del verano en que murió Chanquete. Y si hace uso del retrete experimentará un retroceso temporal al creer que está en el servicio de una caseta de Feria, pero en bañador, con arena por todos lados y harto de la contemplación de pies desnudos y torsos sudorosos.

Cuando le digan que no se puede pagar con tarjeta, comenzará el segundo calvario de lograr dinero en efectivo. Rebusque en la bolsa de la playa donde se mezclan todo tipo de artilugios, la mayoría inútiles. Retorne a casa cuanto antes, portando bártulos, con menos dinero y, sobre todo, con la sensación de estar quemado y no poder culpar al sol.

Al sentir el frescor de su hogar maldecirá la hora en que se le ocurrió comer mirando al mar (soñé). No podrá ducharse de inmediato porque es de la escuela antigua de las dos o tres horas de digestión. Tómese un Almax. Por la noche, un par de salchichas, una cerveza de marca blanca y el yoplait. Para dormir, póngase a contar cigalitas arroceras. No falla.

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