EL debate electoral de anoche contaba con árbitros de baloncesto para medir los tiempos. Y ese detalle no es sólo una anécdota, sino una metáfora demoledora. Eso sí, demoledoramente ridícula. Fichar árbitros de baloncesto -expertos en parar los cronómetros en décimas para validar puntos que hacen ganar o perder títulos- retrata el modo en que los líderes abordan los debates. Su obsesión es que el candidato rival no tenga un segundo más robado al crono. Qué gran bobada. No van a los debates pensando en ideas y proyectos con fuerza, sino en el reloj, en el formato encorsetado. Anoche no defraudaron. El debate, siempre bajo control, tedioso, sin riesgo, no ofreció nada sustancial. O sea, como un programa más de Canal Sur.

No es raro que la atención, de puro plomazo, se dirigiese a la delgadez casi demacrada de la presidenta, no ya envuelta sino vestida de bandera blanquiverde; Moreno con su batua de la Bética y su fonética de actor meritorio haciendo de andaluz; la pasión perdida de la Pasionaria de Rota; y el Otro, que no muchos saben que se llama Juan Marín. El encorsetamiento les hacía hablar no a la gente, sino a sus jefes de campaña. El Otro demostró, una vez más, que su mejor versión es siempre callada. Juan Marín sólo parecía suscitar una pregunta: ¿por qué no estará ahí Inés Arrimadas? Teresa Rodríguez parecía becaria de un Club de Debate. Moreno Bonilla tuvo la mejor intensidad, pero parecía más cerca de vender un traje en la planta de caballeros de El Corte Inglés que de gobernar. Y a Susana Díaz parece no importarle perder los debates, sólo ganar las elecciones. Los debates los pierde desapasionadamente. ¿Y qué queda después del debate? La sensación de que podían habérselo ahorrado. Pero sobre todo que podían habérnoslo ahorrado.

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