Análisis

Gumersindo Ruiz

La edad del hielo

El cambio climático es un problema muy grande pero que no lo percibimos como urgente, esto suele pasar, pues pensamos más en lo que nos afecta directamente y podemos influir en ello. Sin embargo, los trastornos del clima los vivimos ya de forma casi permanente. La Junta de Andalucía prepara el decreto de sequía para las comarcas de Guadalhorce y Axarquía, y pasa de alerta a emergencia la cuenca del Guadalquivir; este año se ha visto muy afectado el olivar, y en el campo son corrientes las quejas por la falta de lluvias y las elevadas temperaturas.

Preocupa la actividad productiva que podría verse dañada por la subida del nivel del mar, como puertos y cadenas de suministros, infraestructuras de petróleo y gas y zonas turísticas costeras; o lugares con riesgo de incendios frecuentes. El calor ya es un coste laboral importante en el sector agrícola y de la construcción, un coste de acondicionamiento en lugares de trabajo, comercio, ocio y, prácticamente, para cualquier actividad. Mi mujer, siempre proveedora de información realmente importante, me dice que en la Alcarria ha caído la producción de miel porque no hay abejas, y no porque mueran por las fumigaciones a las que son tan sensibles, sino porque el calor no las deja vivir y emigran más al norte.

El mundo financiero se ha tomado en serio este riesgo económico, y la casa Schroder ha desarrollando sistemas para tratar de comprender y valorar el impacto probable sobre una inversión, según el tipo de actividad productiva de que se trate, y el camino que puede seguir la población mundial, el uso de energía, la producción, y emisiones de gases. Si en un índice ponemos 100 en 1950, estas variables estarían hoy respectivamente en 225, 425, 600, y 1000 para las emisiones, que crecen muy por encima de cualquier magnitud económica y demográfica. Aunque no hay un acuerdo total de cuál es el efecto de la concentración de gases en la atmósfera sobre el calentamiento que se observa en los últimos 170 años, la frecuencia de los desastres naturales, el número de días más calurosos, las lluvias torrenciales y los periodos de sequía están ahí para quién quiera verlos. Hay dos cuestiones más a tener en cuenta. Una, que en algún momento las empresas empezarán a clasificarse por riesgo climático y será un elemento en su valoración. Otra, que se consolidará un nuevo mundo productivo y financiero, que va desde vehículos eléctricos y energías renovables baratas a sistemas de vigilancia, prevención de desastres y financiación de las mismas.

Pero esta reacción de las inversiones y las finanzas, con ser importante, es sólo una respuesta oportunista a una situación grave ante la que no sabemos qué podemos hacer, pero que tiene una responsabilidad y una exigencia política. Resulta paradójico mencionar el hielo para hablar del calor, pero en su librito sobre La edad del hielo -que ya he citado en alguna ocasión-, Jamie Woodward, analizando las burbujas de gases que guardan los hielos prehistóricos, nos enseña que los cambios catastróficos en el clima pueden ser naturales, pero la concentración actual de gases excede a la que había en el cargado Plioceno, cuando el nivel del mar era 20 metros más alto que hoy.

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