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Un día en la vida

Manuel Barea

mbarea@diariodesevilla.es

Éramos (somos) tan frágiles

Un columpio vacío. Un columpio vacío.

Un columpio vacío. / Juan Carlos Vázquez (Sevilla)

Esta pandemia ha venido a recordarnos, gritándonoslo en la misma cara, lo frágil de nuestra existencia. Esta circunstancia la han tenido siempre muy presente algunos. En una entrevista de hace ya un montón de años, Paul Auster, cuando estaba de moda, que de esto no se salva ni Dios -cuántos que se las han ido dando, también en otra moda, de agnósticos y hasta de ateos andarán estos días rezando-, admitió, dando a entender que ahí mismo podría estar una de sus fuentes de inspiración, que "la sensación de la fragilidad de la vida me persigue sin descanso".

Desde luego, no es saludable que andemos mortificándonos a diario con esa idea. A pesar de que es rotunda y queda constancia a nuestro alrededor un día sí y otro también. Sí, la vida se parece en eso al vidrio. Una simple sacudida y crash! Salta hecha añicos. Sin posibilidad de recomposición. Quizá de ahí el empeño, cuando no la obstinación de algunos, o de muchos, por robustecerse y sacar músculo de donde no lo hay, convencidos de que pueden demorar de esa manera algo que no tiene calendario ni cumple con las fiestas de guardar. Y quizá de ahí, también, la terquedad de otros en colaborar con su propio deterioro, natural en cualquier ser humano, acelerándolo mientras cumplen a rajatabla con esa versión más castiza del carpe diem como lema vital: "Total, para lo que me queda en el convento..."

A unos y a otros y a los demás, frágiles todos -y más conscientes ahora de que esa es nuestra naturaleza-, nos la trufa que estos días brille el sol o llueva a cántaros. La climatología ha perdido su influencia y no determina ya el ánimo de ninguno de nosotros como lo hacía antes de la visita intempestiva del Covid-19, cuando un cielo gris nos condenaba a arrastrar los pies y a caminar con la barbilla hundida en el esternón y otro azul nos invitaba a dejar transcurrir las horas compartiendo risas y trasegando cerveza en el Tremendo o en el Vizcaíno hasta la hora del cierre. Entonces los días sí se diferenciaban y con ellos nos diferenciábamos nosotros: por ejemplo, el lunes cetrinos y acartonados por el muermo y el martes pletóricos, como si el júbilo fuera una constante de nuestro comportamiento. Pero ahora no hay lugar para esos bandazos. Todo es uniforme. ¿Qué carajo nos importa la astenia primaveral de 2020?

Miro al otro lado del ventanal. Está empezando a nublarse. No veo a nadie. Están todos encerrados. Ni siquiera hay fumadores, que son los que más salen. Ya hubo muchos que optaron por el balcón cuando se autoprohibieron fumar en el hogar tras la inundación de la ola antitabaquismo. Saldrán más tarde. A aplaudir a los sanitarios. El otro día me pareció que el aplausómetro fue a menos. No sé. Igual fue una percepción mía, propia del bajón. Mañana será otro día. El 11 de este diario. Creo. A veces me he equivoco en las cuentas.

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