En la guerra del (jodido) relato

Al final no se trata ni de paro, ni de pobreza, ni de malos indicadores educativos, ni de nada de eso, todas las intervenciones de los líderes políticos están centradas en tomar ventaja electoral.

Pablo Casado y Juanma Moreno. Pablo Casado y Juanma Moreno.

Pablo Casado y Juanma Moreno. / Daniel Pérez / Efe

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La política se ha convertido –siempre tuvo mucho de eso, pero era algo más que eso– en una guerra de relatos. Se trata de imponer la versión, el marco… antes que ideas, compromisos e incluso resultados. En elecciones esto se exacerba, aunque se aplica a tiempo completo. Ganar el relato es el afán de cada día, rodeados de spin doctors y asesores con mucho inglés y pocos escrúpulos. El presidente andaluz ha jugado ahí hábilmente con el agravio por la falta de financiación autonómica –un clásico, por cierto, del socialismo andaluz– mientras el Gobierno se acogía a un informe de la Abogacía del Estado que impedía actuar en funciones, un relato mucho menos atractivo.

El socialismo andaluz, con la necesidad de poner una vela a Dios y otra al diablo, apoya la demanda pero justifica a Moncloa. Eso nunca acaba de funcionar, pero tuvieron el acierto de llevar el duelo a la hemeroteca, donde el PP aparecía en videos más o menos sonrojantes justificando que Rajoy actuara como actúa ahora Sánchez no enviando fondos en su interinidad. Y por ahí el PSOE se vino arriba en el duelo del relato, al menos hasta que sucedió algo que cambió la cosas: el Gobierno entregó 300 millones a Valencia.

Ahí Moreno Bonilla, como esos jugadores de ajedrez que de repente ven un error del rival que le abre una vía ganadora, se encontró con el caramelo del discurso del agravio: "A Valencia sí y a Andalucía no". Aun a sabiendas de que eso no es exactamente cierto, porque lo de Valencia es un préstamo del FLA a devolver, en el reino del marketing político no existen los matices. A nadie le importa una higa la verdad. ¡Es el relato, estúpido!

Ahora el Gobierno, ahora sí, va a desbloquear 4.500 millones en diez días. La versión oficial es que Moncloa ha encontrado un resquicio en el informe de la Abogacía del Estado para liberar el dinero. Claro que esa es la versión oficial. Cualquiera sospechará que la versión real es que llega la campaña electoral, y en lugar de tener a los barones del PP dándoles estopa con esto, de Moreno a Feijóo, tocaba vender la lluvia de millones convirtiendo el 10-N en un 22 de diciembre.

Así va, en fin, la guerra del relato, marcada de nuevo por un horizonte electoral. Al final no se trata ni de paro, ni de pobreza, ni de malos indicadores educativos, ni de menas ni de nada de eso. Se trata, por encima de todo, del jodido relato.

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¿Puede haber un partido andaluz, al modo del PNV o la vieja Convergència, que ejerza de altavoz de la comunidad? De alguna manera eso ha sido el PSOE durante décadas; tras acertar estratégicamente en la Transición. La debilidad de la oposición le otorgaba ese rol, aunque en las ciudades dejó de ser así desde los noventa. En todo caso, desde la desaparición del PA en 2015, cuyo último escaño se remonta a 2000, y de ahí a los dos de Rojas Marcos ya en los ochenta, en Andalucía no ha habido partido con voz propia. Y Teresa Rodríguez ve ese hueco. "Desde el año 79 no hay un grupo andaluz en el Congreso. Cataluña, Galicia, Euskadi, País Valenciano, Canarias y Cantabria consiguen poner sobre la mesa sus asuntos en Madrid, ¿por qué Andalucía no?".

La pregunta tiene pegada; aunque es poco probable que un partido antisistema, con un sustrato anticapitalista fuerte, pueda asumir la voz colectiva. Eso requiere más centralidad. Sin embargo, sí que hay un espacio en la sociedad para el que esa idea siempre resultará sugerente. Claro que, de momento, IU ya ha frenado la operación dejando claro que ellos van con la marca Unidas Podemos. La vieja disciplina de IU corta el coro emergente de partidarios, aun cuando Teresa Rodríguez aporte datos mostrando que la marca AA suma. Su eslogan es Papeleta de unidad, grupo propio. Pero en Madrid no quieren fragmentar más el voto, mientras se les viene Errejón . Así que a corto plazo parece difícil pero todo apunta a que Teresa Rodríguez antes o después acabará por sacar adelante, con cisma o sin cisma, una marca propia andaluza para tener, al menos desde ese espacio político, voz propia.

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Hay una regla sin excepción: los ex políticos son más interesantes que los políticos. Una vez liberados de la disciplina del partido y del instinto de supervivencia, se prestan a hablar claro y a menudo a revelar lo inconfesable. Y el ex alcalde de Huelva Pedro Rodríguez, sobre la polémica carretera impensable entre Huelva-Cádiz por Doñana para acortar algo el trayecto, se ha dado el gusto. Rodríguez calificó la promesa de sus compañeros de partido de "oportunista", y a ellos de "mentir". Dos palabras a veces bastan, incluso una.

Sí, es verdad, como el PP recuerda ahora, que el propio Rodríguez en el pasado también reclamaba esa carretera. Eso es lo que va de un político a un expolítico. Como político, sabía que esa carretera daba votos. En definitiva, mentía. Cuando dice "ese es uno de los problemas de la política: el mentir" también se señala a sí mismo, aunque desde la condición del ex que ya no va a elecciones.

En el PP de Huelva saben que ese proyecto, como jalear a los regantes con el robo de agua en Doñana, le da votos. Así es la cosa: hacer promesas falsas sobre esa carretera que colisiona con la legalidad española y europea, rechazada ampliamente por el riesgo que entraña para Doñana, tiene su clientela electoral. Claro que en el PP de Huelva quizá no mide bien un riesgo: al tirar de hemeroteca para mostrar que el alcalde de Huelva entre 1995 y 2015 también usó ese cebo, acaban por mostrar que el partido lleva décadas mintiendo. Una apuesta peligrosa.

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