Análisis

diego ventura

Fue el juan belmonte del rejoneo

Cuando yo toreé de niño en un festejo, me dio un dinero, algo simbólico, que para mí fue una fortuna"

Aunque todos sabíamos que estaba muy débil, pensábamos en don Ángel Peralta como en un dios, en un superhombre que saldría adelante una vez más. Por eso, en el fondo, nunca pensé que se marcharía a sus 93 años.

Era muy entrañable y fortísimo; un atleta. Sólo bebía agua y coca-cola, y tenía como único vicio los helados de café. En los doce años en los que estuve viviendo en su casa, al terminar de montar, me decía: "Dieguito, vamos a la casa". Y allí nos tomábamos un helado de café. Un vicio que tengo yo ahora. Cuando termino de torear, en los hoteles o en la carretera, siempre busco un helado de café y lo recuerdo. Recuerdo que me trató muy bien. Fui como un hijo para él. Fue el primero que apostó por mí, incluso antes que mi padre. El primero que me montó a caballo. El primero en invitarme a torear una becerra y el primero que me hizo ganar dinero en el rejoneo. Él montaba en unos congresos un espectáculo ecuestre y creo que yo tendría siete u ocho años cuando me dijo que torease y me dio un dinero, algo simbólico, que para mí fue una fortuna.

Fue el Juan Belmonte del rejoneo. El que lo cambió. Anteriormente iba el rejoneador por delante. Él convirtió los rejones en un espectáculo con identidad propia, creó suertes, como la de la rosa y el par a dos manos, e invenciones, como las que aplicó en el traslado de los caballos. De las suertes, la que más me ha marcado es la de la rosa. Ligaba tres rosas en un palmo de terreno, que es lo que busco yo; y no despegarse a la hora de clavar entre una y otra.

Consiguió, gracias a la doma, sacar el caballo torero, con genética y cualidades especiales para lograr una cuadra de caballos con los que afrontar una temporada. De niño, llegué a montar a tres de sus últimos caballos-toreros: Mejanes, Brujo y Hechicero.

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