Fui fiel a Pura magia hasta el momento de la proclamación del ganador. Y lo que los programadores hicieron con el formato me pareció una soberana falta de respeto. Emitir la final a la una de la madrugada, y las actuaciones de los tres superfinalistas pasadas las dos era lo último que se merecían estos concursantes.

Dicen que el premio era un viaje a los Estados Unidos para ver los mejores espectáculos del género. Mentira. El premio, para todos los participantes seleccionados, era la posibilidad de ser vistos en el prime time de una televisión generalista. Todo lo demás es un fraude. Aunque el ganador, Edgard, realmente, lograra el viaje. Pero, insisto, por respeto a los otros dos que se quedaron a las puertas del triunfo, magníficos Dani Polo y David Díaz, esto nunca debió plantearse así.

La gala final de Pura magia fue vista por menos de 300.000 espectadores. ¿Qué premio es ese? En todo caso, el premio se lo llevaron los programadores de TVE porque consiguieron un 6%, en la franja de la madrugada, y para ellos lo verdaderamente importante era evitar esa cifra en su prime time del alma.

¿Pues saben lo que les digo? Que lamento que tantos potenciales espectadores (más de un millón por culpa del dichoso horario), se perdieran el vibrante espectáculo. Porque, sí, estaba producido por JC, que son las iniciales de alguien que se ha convertido en innombrable en la nueva etapa. Pero eso no quita para que el producto fuera sólido y muy bien armado.

Verdaderamente hay que ser muy cegato para tener entre manos un show conducido por el Mag Lari, grande entre los grandes, comunicador especialmente dotado, contando con la complicidad de Nina, más espléndida que nunca, y arrinconarlo como si les diera vergüenza mostrarlo. Con toda la basura que habría que meter bajo las alfombras.

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