Análisis

Joaquín Aurioles

Universidad de Málaga

Las migraciones vienen del sur

Las políticas que han pretendido frenar el fenómeno incontrolado con el levantamiento de barreras se han revelado como un fracaso estrepitoso

Las migraciones vienen del sur

Las migraciones vienen del sur

ALGUNAS vienen del este, huyendo básicamente de la violencia y de los conflictos bélicos y religiosos en Oriente Medio y son más intermitentes, pero la presión migratoria en Estados Unidos y Europa es permanente y se concentra en sus fronteras meridionales. Miles de hispanoamericanos están a la espera de la reapertura de la que separa México y Estados Unidos, cerrada temporalmente por motivos sanitarios, y más de 200.000 la intentaron cruzar en agosto. La presión es descomunal y Estados Unidos se niega a abrirla antes de que se despejen los campamentos improvisados, donde se amontonan los que esperan una primera oportunidad para cruzarla.

Biden es criticado por la tibieza de sus pronunciamientos sobre el problema y por algunas de sus decisiones, pero es muy probable que le asistan algunas razones de peso. Quizá la más importante sea que ningún muro, por alto e impenetrable que sea, conseguirá aislarles de la miseria del entorno. Siempre habrá porosidades por las que se filtrarán la pobreza y la inseguridad de los que viven al otro lado. El aislamiento no puede ser la solución, deben pensar muchos, conscientes de que no se puede pretender vivir en un entorno inmaculado y completamente aislado del patio trasero que durante siglos han desatendido, salvo en las ocasiones que convenían a sus intereses, y con frecuencia utilizado como vertedero de sus desechos.

De las migraciones que vienen de África hacia Europa tenemos datos todos los días y son tan espeluznantes como los americanos, salvo en el de fallecidos durante las travesías, que es mucho mayor. A mediados de julio eran 1.150, según la Organización Mundial para las Migraciones, que son más del doble que en 2020. En todo lo demás hay bastante similitud, aunque con matices. Una de las principales conclusiones de la experiencia en lo que va de siglo de ambos casos es el fracaso estrepitoso de las políticas que han pretendido frenar el fenómeno migratorio incontrolado mediante el levantamiento de barreras de entrada. Somos vulnerables frente a la permeabilidad de las fronteras, pero también, y quizá, sobre todo, frente a otro fracaso: el de las políticas de integración social.

La situación europea es, en este capítulo, más compleja que la norteamericana porque al conflicto cultural hay que añadir el matiz religioso en el caso de las comunidades musulmanas y las mayores dificultades para encontrar empleo. En una investigación publicada este mismo año por Platt, Polavieja y Radl (International Migration Review, 2021) a partir de datos de la Encuesta Social Europea se analizan los resultados en Europa de las políticas de integración social de inmigrantes, contra la discriminación racial y las medidas laborales específicas de apoyo a su contratación. Los resultados son elocuentes.

Su primera conclusión es que Europa dedica ingentes cantidades recursos a ese tipo de políticas sin ninguna evidencia previa sobre los resultados que producirán. Encuentran, por ejemplo, que los beneficios sociales que se ofrecen a los inmigrantes no están positivamente relacionados con las oportunidades de empleo, lo que significa, como mínimo, que una parte del gasto en medidas sociales favorecedoras de la integración se utiliza de forma ineficaz, sobre todo si los resultados se miden por su contribución a facilitar la empleabilidad. La valoración de la eficacia de las políticas contra la discriminación racial en relación con el empleo es menos concluyente. La relación es básicamente positiva, pero beneficia sobre todo a las mujeres y no consigue evitar la discriminación entre los hombres, favoreciendo a los más cualificados y no musulmanes.

Las características del marco de relaciones laborales sí que influyen significativamente. Como cabe esperar, cuanto menor es la flexibilidad laboral y mayor la tasa regional de paro, mayores son las dificultades para el empleo de los inmigrantes, lo que nos lleva a considerar que, en España, y especialmente en Andalucía, los obstáculos a la integración se ven incrementados por las particulares características del mercado de trabajo. Esto también significa que las políticas específicamente diseñadas para facilitarla chocan con más dificultades que en otros lugares y probablemente también resulten más costosas.

La investigación también sugiere que una combinación adecuada de medidas contra la discriminación y acciones puntuales en materia de flexibilización laboral, como la convalidación de habilidades, y no tanto los beneficios en forma de ayudas sociales, puede favorecer la integración social a través del mercado de trabajo, pero es evidente que nada de esto resuelve los problemas del patio trasero. Una de las principales amenazas recientes sobre la viabilidad del proyecto europeo fue la debilidad del euro a raíz de la crisis de la deuda soberana. La otra fue la crisis migratoria provocada por la guerra en Siria, añadida al flujo persistente desde la ribera sur del Mediterráneo.

Tampoco los esfuerzos de cooperación con los gobiernos de los países de origen han dado frutos, más allá de los vaivenes habituales e interesados, pero sin rozar siquiera los fundamentos del problema, como demostrase la reciente crisis en Ceuta por la entrada masiva de inmigrantes, con el beneplácito del gobierno de Marruecos. Europa es vulnerable porque también lo son las fronteras, carece de una estrategia migratoria solvente y además sabe que los cambios son inevitables y que preferible intentar adaptarse a ellos de forma inteligente que resistirse. La alternativa es emplearse a fondo en mejorar las condiciones del patio trasero, pero lleva tanto tiempo abandonado que la reparación será costosa y duradera, aunque en algún momento habrá que empezar a trabajar si se quiere que algún día el problema tenga visos de solución.

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