Análisis

pablo j. vayón

Por la música hacia dios

SOLI Deo Gloria. Esa era la divisa y la firma de Juan Sebastián Bach, el compositor al que más admiraba el padre Ayarra, como perfecta simbiosis entre el mundo del espíritu y el del arte. Sólo la gloria a Dios. Toda la vida transitó José Enrique Ayarra entre la fe y la música, el lenguaje que mejor ha sabido penetrar los misterios de la religión. El hombre que nos acaba de dejar, justo en los días previstos para los conciertos cuaresmales que él instituyó en el órgano de la Catedral, hizo de la música una forma de sacerdocio casi desde su niñez, cuando en su Jaca natal, y siendo estudiante de piano, se obsesionó con la idea de ser organista de la catedral de Burgos.

Se formó como sacerdote en Vitoria en el tiempo en que el obispo de la capital alavesa era José María Bueno Monreal, con quien se reencontraría al acceder en 1961 a la tribuna de organista de la Catedral de Sevilla que había dejado libre la jubilación del ilustre Norberto Almandoz. Como Almandoz, una vez instalado en su plaza sevillana, Ayarra amplió formación en París, centro neurálgico del estudio del órgano en el mundo. De allí se trajo sin duda la inspiración de Messiaen, uno de los mayores compositores del siglo XX, que, sin ser sacerdote, hizo de toda su música un canto a la creación y a la divinidad.

El sacerdocio musical de Ayarra no tuvo que ver con la composición, pero sí con la interpretación y la enseñanza, pues entre 1979 y 2002 fue catedrático de Órgano del Conservatorio Superior de Sevilla. Ayarra fue una presencia constante en la vida musical sevillana durante los 57 años que permaneció como titular de la tribuna catedralicia, más que ningún organista en los cinco siglos largos de vida del templo hispalense, tiempo en el que dispuso de uno de los mejores órganos románticos de España. Obsesionado con el estilo, impulsó en 1992 la construcción del órgano barroco de los Venerables, del que ha sido su único titular. Allí pudo al fin hacer sonar a Bach como lo sentía, cantando, predicando y rezando al mismo tiempo. Séale la tierra leve.

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