Los nazarenos que perdimos

En esta Semana Santa tan rara que hoy comienza nos faltan los nazarenos l Que nadie se confunda: el cofrade, además de cristiano, debe ser nazareno, ya que es parte de su esencia

Niños nazarenos de la Borriquita bajando la rampa del Salvador en la tarde del Domingo de Ramos.

Niños nazarenos de la Borriquita bajando la rampa del Salvador en la tarde del Domingo de Ramos. / Belén Vargas

HOY es Domingo de Ramos y no veremos nazarenos en las calles de Sevilla. Es cierto que tampoco saldrán pasos con las imágenes titulares, ni costaleros para llevarlos a la Catedral y regresar de noche a los barrios o al centro. Sin embargo, es cierto que en el interior de los templos, podemos visitar hoy a las imágenes de la Amargura y el Amor, de la Estrella y San Roque, de la Hiniesta y la Cena, de Jesús Despojado y la Paz… Permanecerán en la quietud de altares efímeros, con más o menos esmero en los exornos; y también es verdad que no han podido salir, pero podremos rezarles con devoción. Bueno, si las colas lo permiten.

Porque muchos hermanos y no hermanos temen que 2021 sea el año de las colas insoportables. Quizá el pórtico de un futuro coradiero robotizado, en que los templos sean visitados durante la Semana Santa con citas previas reservadas por Internet, como las exposiciones que organiza el Consejo. Sin embargo, insisto: a los nazarenos no los vamos a ver hoy. Sólo en pinturas de Hohenleiter, en fotos de los Arenas, los Serrano, los Gelán, Salazar-Bajuelo, Martín Cartaya y sus continuadores, en imágenes asepiadas o de color, fechadas en otros años. Los nazarenos se han convertido en elementos exóticos, un reflejo del pasado, que se perdió por culpa de dos primaveras pandémicas.

Uno de los negocios más castigados por la crisis es el de los capirotes y las tiendas de nazarenos. Nadie se acuerda de ellos. Están peor que los bares con aforo cubierto. Pues no les sirve de nada abrir o no abrir, si nadie les va a comprar un capirote, ni con badana ni sin badana. Comprarse un capirote es ya tan raro como beber en un búcaro. Los capirotes son como las magdalenas de Proust, nos evocan el tiempo perdido, aquel pasado que ya no existe.

Más allá de ver o no ver nazarenos, hay un problema: ¿qué pasará? Pensemos en los niños de la Borriquita. En el menos malo de los casos, van a perder dos años sin salir, en plena flor de la vida, cuando están adaptándose a las costumbres. Para unos niños quizá sea más fácil volver a vestir la túnica, superar el paréntesis negativo de esta bienal del coronavirus, que les impidió cumplir sus ilusiones infantiles. Y si no vuelven a fastidiarlos con otra pandemia en la próxima década, tal vez lo recuerden como algo anecdótico, una frustración que sucedió en 2020 y 2021, y sanseacabó.

Pensemos también en nazarenos de negro. Cofrades ya mayores, quizá ochentañeros, setentañeros o incluso sesentañeros, que vestían cada año sus túnicas y mantenían los ritos de toda una vida. Cada año un poco más cansados. Cada año sintiendo que el templo les resulta más lejano para la entrada, ¿o será un espejismo inducido por el cansancio de las piernas? Cada año temiendo que se acerca el día de la retirada, cuando ya no pueda acompañar a su Cristo o a su Virgen, ni siquiera con vara, porque le pesa hasta el pensamiento y no es capaz de resistir como en su juventud.

Esa tristeza personal, ese saber que llegará el momento de la retirada, ese comprender que los hombres y las mujeres vamos envejeciendo sin notarlo... Cada año un poquito más, que en realidad es un poquito menos. Cada año un esfuerzo para no claudicar, para no rendirse a la tentación. Cada año ese compromiso le resulta más duro.

Vamos a padecer dos Semanas Santas sin salir. ¿O serán tres, como temen los agoreros? ¿Y qué pasará con las filas de nazarenos de Sevilla? No deberíamos ser cenizos, ni pensar que en 2022 llegará el caos de las deserciones. No obstante, hay indicios en las hermandades que empiezan a preocupar: algunas han sufrido bajas, más recibos impagados, más ausencias de cofrades que antaño salían siempre de nazarenos y ya no van a los cultos. Al no salir las cofradías, se apuntan menos hermanos nuevos. Y el recambio de los jóvenes se ha frenado.

Pero el nazareno no se puede resignar a ser un elemento exótico. Está muy bien salvar todo lo que se pueda. Es legítimo montar exposiciones vistosas y muy cuidadas, que permitan apreciar el patrimonio artístico atesorado por las hermandades, incluso imágenes de misterios que no van a salir a las calles de Sevilla. Es oportuno recordar que los cultos se celebran en los templos durante todo el año, con solemnidad barroca, y que los oficios del Triduo Sacro son esenciales para los cristianos. Pero tengamos en cuenta la esencia del cofrade, que además de ser cristiano es nazareno, y acompaña a Cristo y María en la estación de penitencia a la Catedral. Mientras eso nos falte, endremos una pérdida esencial y celebraremos la Semana Santa, pero será una Semana Santa diferente a la que soñamos en Sevilla. Por favor, cuidado con los nazarenos, que no se conviertan en especie a extinguir.

Cuando llega este Domingo de Ramos, tan raro, por segundo año nos quedaremos sin rampa en el Salvador para la Borriquita, sin la Virgen de la Paz bajo la arboleda del Parque, sin Molviedro recuperando la vida para el misterio de Jesús Despojado, sin perfume de azahar en la calle Doña María Coronel para endulzar el aire a la Virgen del Subterráneo, sin ojiva en San Julián para enmarcar a la Hiniesta, sin la candelería de Gracia y Esperanza llorando a compás por Caballerizas, sin el puente de Triana temblando para ver a la Estrella, sin las hermanas de la Cruz rezando ante la Amargura, y sin el Amor que se eleva por la misma rampa hasta la oscuridad del Salvador.

Nos quedaremos sin esas vivencias para recordar... Y sin nazarenos. Recuperarlos pronto es una necesidad, una urgencia. Porque el nazareno no sale de la nada, sino que se forja con la fe y el amor de los cofrades. Una fe y un amor que se deben cuidar para que crezcan.

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