Apesar de ser aliados en la OTAN, EEUU y Turquía se encuentran en guerra viva. Muchos son los frentes que tienen abiertos, algunos hasta con tintes religiosos. Hace un par de días, el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, acusaba a EEUU de querer apuñalar a su país por la espalda: "Éstas son balas de cañón y misiles de guerra económica contra nuestro país". Pero que no nos llame a engaño. El descenso en agosto del 25% del valor de la lira turca frente al dólar -un 40% en lo que va de año- no es atribuible enteramente a estas disputas, se debe a méritos turcos propios: la lira sufre las consecuencias del modelo económico que se ha seguido los últimos años, cuyas deficiencias salen a la luz ahora que el dólar está fuerte.

La lista de enfrentamientos mutuos es larga. Los turcos no le perdonan a EEUU que apoye a los combatientes kurdos sirios ni tampoco que se niegue a extraditar a Fethullah Gulen, el imán de Pensilvania, al que los turcos culpan de estar detrás del fallido golpe a Erdogan en 2016. Por su parte, EEUU no le perdona a Turquía ni su alianza con Rusia ni su juego con Irán ni la detención hace dos años de Andrew Brunson, el pastor evangélico protestante, al que los turcos acusan de terrorismo, asunto que ha sido motivo de sanciones.

Y en este estado de cosas, la semana pasada el presidente Trump duplicó los aranceles que ya se aplicaban sobre el acero y el aluminio procedente de Turquía. La respuesta turca días después ha sido la de incrementar los aranceles de, entre otros, bebidas alcohólicas, coches y tabaco. Además, Erdogan ha animado a su pueblo a dejar de consumir productos electrónicos americanos, arremetiendo contra los iPhone.

Todo esto golpea a una economía que se ha basado en la entrada de enormes cantidades de dinero externo, en dólares y euros, y que se han dirigido fundamentalmente al sector de la construcción y al consumo. Un dinero que acudió allí para obtener rentabilidades que no podía conseguir en Europa y EEUU tras la crisis, pero al que ahora, que se están normalizando los tipos de interés en estas zonas y que la economía turca presenta dificultades -con tasas de inflación del 16%- ya no le interesa quedarse.

Las soluciones a las que podría acudir Turquía son todas complicadas. Podría acudir al FMI, pero significaría una pérdida de soberanía y tener que someterse a sus normas. Podría buscar ayuda de amigos fuera de la OTAN, como Rusia o China. O de Qatar, con el que ya cuentan, según han manifestado. Y podría establecer un control, que evitaría las salidas de capitales, pero también pondría fin a las llegadas. Por ahora, su Banco Central intenta tranquilizar a los mercados tomando diferentes medidas para contener la inflación. Pero no la que la ortodoxia exige: incrementar los tipos de interés. Erdogan no quiere perjudicar el crecimiento a base de crédito antes de las próximas elecciones.

En Turquía, un país con un riesgo país muy alto, no sólo por motivos económicos sino políticos, dada la deriva autoritaria y populista que ha seguido Erdogan, los empresarios españoles han invertido decenas de miles de millones de euros. Sólo nuestro sector financiero tiene comprometidos allí más de 70.000 millones.

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