Análisis

rogelio velasco

Un proteccionismo desagradable para trump

Robert Reich, lleva media vida impartiendo clases de economía en la Universidad de Berkeley y vivió durante cuatro años en Washington, D.C., cuando Bill Clinton lo nombró ministro de Trabajo.

Como había dejado su antiguo coche en California, necesitaba comprar otro para poder realizar viajes privados. Un sábado por la mañana, se desplazó con su mujer hasta un concesionario de Ford con la idea de comprar un coche de esa marca. Había dudado entre Ford y Toyota, decantándose finalmente por un coche fabricado en EEUU y de marca americana.

Cuando regresó el lunes a la oficina, le comentó a su jefe de gabinete la compra del vehículo y también las dudas que tuvo entre Ford y Toyota. El jefe de gabinete celebró que comprara finalmente la marca de Detroit porque, en otro caso, hubiese dado un pésimo ejemplo de falta de patriotismo comprando un coche japonés.

Pero pocas semanas más tarde, Reich, llevado por su curiosidad intelectual y sus conocimientos económicos, se propuso realizar el siguiente cálculo. ¿Cuál de los dos coches que consideró comprar era más "americano"?, esto es, cuál de los dos generaba más valor añadido y empleo dentro de EEUU.

Su sorpresa fue mayúscula cuando comprobó que el Toyota que barajó comprar, y que se fabrica en EEUU, tenía más componentes fabricados en EEUU que el Ford. Un ministro del gobierno había traicionado, sin saberlo, el patriotismo americano.

Como es sabido, la manufactura de muchos productos industriales se lleva a cabo por partes que se fabrican en distintos países y, con frecuencia, por distintas empresas. La empresa que vende el producto final, en nuestro caso Ford y Toyota, venden bajo su marca lo que es un producto acabado -el vehículo- fabricado en distintos países y por distintas empresas. Básicamente, lo que hacen es controlar la cadena de valor. Este proceso de fabricación distribuido entre distintos países y empresas ha cobrado una fuerza extraordinaria durante los últimos 20 años y provoca en la actualidad que sea difícil saber dónde está fabricado un producto industrial o un vehículo, excepto el país de donde proviene la marca originalmente.

Sabemos que en esa distribución de tareas los países con mayor renta son los que llevan a cabo las actividades más sofisticadas e intensivas en conocimiento, mientras que en los de menor renta se realizan las tareas más simples e intensivas en mano de obra.

El ejemplo expuesto para Ford y Toyota desvela cuatro cuestiones. Primera, que en el caso de Ford se cumple la distribución de tareas mencionada: Ford fabrica en México las partes más simples y en Detroit las más sofisticadas. En segundo lugar, que Toyota es capaz, fabricando en EEUU, de añadir más valor americano que Ford, demostrando una superioridad en cuanto a métodos de fabricación. En tercer lugar, que siendo inevitable la permanencia de las actividades intensivas en empleo en los países con menor renta, lo que las empresas industriales americanas necesitan no es proteccionismo sino una mejora de las capacidades para competir, como hace Toyota. Y, en cuarto lugar, si Trump eleva aranceles, todo lo que conseguirá será encarecer los componentes que Ford utiliza.

La próxima vez que Reich compre un coche, se le presentará un dilema.

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