Análisis

Manuel barea

El quite de Arellano

El consejero de Economía y Conocimiento, Antonio Ramírez de Arellano, quiere en sus comparecencias que los periodistas hagan preguntas amables. O al menos, si no lo son, que estén preparadas, pactadas previamente y que la enjundia de la cuestión que plantea el periodista sea ficticia, para quedar fetén, como hacen muchos gobiernos con sus empresas de comunicación públicas: hay un propio predispuesto para inquirir al alto cargo por algo que éste desea decir, y puede adornar el requerimiento como sea que la respuesta ya está estudiada. Hay un guión.

Y Arellano quiere que todos se ciñan a su guión afectuoso, que nadie se salga de la pauta políticamente correcta. Pero el miércoles no ocurrió así: estaba Arellano en una rueda de prensa con el embajador chino, Lyu Fan, para promocionar entre empresarios andaluces las oportunidades para exportar a su país, cuando una periodista hizo su trabajo y lejos de ser complaciente preguntó a Fan por las preocupaciones de la comisión de derechos humanos del Gobierno británico por el trato a disidentes y la falta de libertades en Hong Kong, donde numerosos activistas en favor de un sistema democrático son procesados, lo que supone un flagrante incumplimiento por parte de China de los tratados internacionales. Arellano se agitó en su asiento y decidió que la pregunta no procedía, replicó a la periodista que ella misma se había respondido e impidió que Lyu Fan contestara. Tal vez el consejero temió que la plumilla pudiera provocar una irreparable crisis diplomática con Pekín.

Movistarplus emite estos días el documental La guerra de Vietnam. Incluye la escena en la que un periodista plantea al presidente Kennedy que su Gobierno puede estar mintiendo sobre la participación estadounidense en el conflicto y le pide que se explique. Es 1963. Es en la Casa Blanca. A pesar de que la pregunta huele a napalm, JFK no se cabrea y responde con serenidad y cortesía a su interlocutor. No sólo Arellano, muchos cargos públicos andaluces y españoles deberían instruirse con esa imagen. Puede que Kennedy, como otras veces, diera una larga cambiada. Pero al menos encaró al miura. Lo obligaban su puesto y su sueldo. Arellano se olvidó de ambos. Su quite no venía a cuento, tuvo el aire de un desplante ridículo y emborronó la faena. No fue ni de aliño.

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