Análisis

José Ignacio Rufino

Sin salarios no habrá pensiones

Sin buen empleo joven, y con la esperanza de vida en vertiginoso aumento, sólo queda déficit e impuestos… O privatizar el tingladoLa sostenibilidad no se ve con una pirámide de población triponcilla y a peor y sin sueldos dignos

La pirámide de población de un territorio es un gráfico de barras, y refleja en una imagen cuántos habitantes hay por cada franja de edad, distinguiendo en cada segmento entre un tramo de mujeres y otros de hombres. Usar para denominar tal representación el término "pirámide" -una figura geométrica de que tiene tres dimensiones-es una licencia, y "triángulo" sería más ilustrativo. Son dos variables: el número de personas y sus edades. El triángulo de población, como se ha dicho, tiene en la base la edad (mujeres a un lado del cero, hombres al otro), y en la altura la cantidad de personas. En un territorio normal o sano para el futuro, la base del triángulo -niños y niñas- es más ancha, y se va estrechando a medida que las edades crecen: hay más niños que jóvenes, más jóvenes que adultos, más adultos que ancianos. Sucede que en las sociedades occidentales más prósperas la base es cada vez más estrecha. Los adultos son más. El esbelto triángulo se achata y se redondea por las cohortes de adultos. Aparece un rombo sandunguero que amenaza con convertirse en un ocho achaparrado o una caja de guitarra española. Un cincuentón con su tripa.

Sin inmigración que pueda absorberse y cotizar y consumir, con la baja natalidad de las parejas en edad fértil que provoca la escandalosa incertidumbre y precariedad laboral para esas generaciones en España, y con una esperanza de edad que amenaza con ser perpetua en unas décadas, el sistema nacional de pensiones está en entredicho (no es lo mismo cubrir las pensiones de un jubilado que tarda en morir diez o quince años que la de otro u otra para quien llegar a los noventa será algo normal). Hablamos de pensiones públicas porque al rebote está el proceloso mundo de la pensión privada, agazapada a la espera del estrangulamiento progresivo del sistema que deriva de las cotizaciones públicas que los empelados del presente aportan para quienes se han jubilado. Es lo que se da en llamar "solidaridad intergeneracional" en virtud de la cual las aportaciones de cada persona no se guardan en una cuenta para devolverlas a esa persona en el futuro retiro: las pagas mensuales del nuevo viejo se harán con dinero de los nuevos jóvenes aportantes. Es importante, pues, que haya nuevos aportantes suficientes, sean indígenas españoles o inmigrantes importados. Y esto también está en entredicho. Sin cotizaciones suficientes para que las aportaciones cubran las pensiones en cada mes y año, y si se quiere -que aquí está el meollo ideológico- que se sigan manteniendo en sus montantes, que no se reduzcan, no queda más recurso gubernamental que subir impuestos o déficit público. O ambas cosas.

La clave, no seamos estúpidos, es la economía. Con una economía sana y empleadora, con salarios homologables a los de nuestro entorno europeo, con un sistema no confiscatorio y progresivo de impuestos directos y de IVA, el problema de abonar 600, 1000 o hasta 2500 euros en la cartilla de cada pensionista sería soluble con los propios recursos generados. Pero no lo es, de momento, y las soluciones pasan por el binomio déficit/deuda pública y el asfixiante monomio "gravar… y gravar" (descartemos, y a ver, la privatización progresiva del sistema, que lleva implícito el hierro estafa generacional). Por mucho que el crecimiento e nuestro PIB sea incipiente y, comparativamente, hasta vigoroso. El tamaño y la competitividad de nuestras empresas no parece permitir sueldos menos tristes que lo vigentes para los jóvenes y primeros adultos. La subida de los salarios debería ser un síntoma del crecimiento cuantitativo y cualitativo de nuestro país. Sin salarios con cierto poder adquisitivo e inversor, ¿qué otra hay sino la desprotección y el endeudamiento sin fin?

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