Análisis

Gumersindo Ruiz

Hacia un socialismo participativo

S EIS años después de El capital en el siglo XXI, Thomas Piketty publica Capital e ideología; en el primero demostraba cómo el capital crece más que el producto de la economía, lo que lleva a una concentración creciente de riqueza y renta; este otro libro, con una apabullante cantidad de fuentes y datos, es la historia razonada de la desigualdad. Disecciona las sociedades que llama "trifuncionales", que asignaban a cada uno un papel: guerrero, religioso, y laboral; las esclavistas; la aparición de la sociedad mercantil; coloniales; socialistas-comunistas, y socialistas-capitalistas, hasta el "hipercapitalismo" a partir de los años 80, cuando el desastre de los países comunistas es la excusa para cortar avances que se estaban dando en economías de mercado; en este contexto, los populismos son una respuesta a la falta de expectativas de igualdad en las sociedades actuales.

El capítulo de las sociedades esclavistas es quizás el mejor del libro; en él se distinguen sociedades con esclavos, y de economías que funcionaban con mano de obra cuyo único coste era el mantenimiento. Las justificaciones contra la abolición son por la pérdida de competitividad si ese personal tuviera que ser remunerado, lo que llevó en Gran Bretaña a indemnizar a 4.000 propietarios de esclavos. También son llamativas las estadísticas de cómo las desigualdades, que habían llegado a ser muy grandes a principios del siglo XX, se mitigan como consecuencia de las guerras mundiales y las expropiaciones -como la de Renault en Francia, al ser juzgado por colaboracionismo- , a lo que sigue el nuevo papel de los estados en la provisión de servicios públicos fundamentales. La educación es quizás lo más importante, pero también los sindicatos, la participación en la gestión de las empresas en algunos países, y sobre todo la aparición del estado fiscal. Se demuestra que países con una fortísima imposición, como Estados Unidos, Suecia, Alemania o Gran Bretaña, progresan económicamente con el equilibrio social que dan los impuestos "progresivos", frente a la oposición a los impuestos en los años 80 y 90, cuando las desigualdades se acentúan de manera general en casi todos los países.

El capítulo 17 se titula Elementos para un socialismo participativo en el siglo XXI, con un programa de políticas para una sociedad más justa, siguiendo la que había tras las grandes guerras, y que resultó en un progreso económico, político y social formidable para la humanidad. Pero quizás el encanto del libro de Piketty -si se puede utilizar esta palabra para un libro de estas características- está en la forma ingenua y modesta en que presenta sus ideas. "Todas las sociedades humanas -dice- tienen necesidad de justificar sus desigualdades, y la historia se estructura con ideologías para organizar las relaciones entre los grupos sociales, y las relaciones de propiedad y fronteras, mediante dispositivos institucionales complejos y cambiantes". Pero -es el argumento de Piketty- aunque estas justificaciones tienen mucho de hipocresía, también tienen algo de razón y de sinceridad, y esto es lo que aprendemos de una historia, que de ser la historia de la lucha de clases, pasa a ser la de la lucha de las ideologías y la búsqueda de la justicia.

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