TAL vez en el futuro se recuerde la noche del 3 de octubre de 2010 como la del pistoletazo de salida de la lucha por la sucesión de Zapatero al frente del PSOE. Fue la jornada en la que el líder socialista indiscutido desde el año 2000 era derrotado en toda regla por uno de los suyos, Tomás Gómez, que le desobedeció y le ganó en las primarias de Madrid.

O tal vez la fecha que quede en la memoria colectiva sea la del 8 de octubre, anteanoche, cuando el virrey de una comunidad autónoma menor, José María Barreda (Castilla-La Mancha) le pidió públicamente, en Onda Cero, que no acuda a su región durante la campaña electoral de 2011, y dio forma contundente al pensamiento de muchos ("O cambiamos el rumbo o vamos a una catástrofe electoral"), rematando la faena con un mandoble: los mandatos presidenciales deben durar, como mucho, ocho años.

En medio de un hito y otro, Alfonso Guerra, con fingida ingenuidad y aparentando que él pasaba por allí y no quería pronunciarse al respecto, echó combustible al fuego al confirmar lo que el sentido común impone, a saber, que en las primarias madrileñas ha ganado Tomás Gómez y ha perdido el núcleo duro del zapaterismo (ZP, Blanco y Rubalcaba), todo ello adobado con un innecesario latigazo vejatorio a Trinidad Jiménez, la señorita.

Pero lo fundamental en esta hora no son los tóxicos derivados de la lucidez y mala leche de Alfonso Guerra. Lo fundamental es el doble desafío de Gómez y Barreda, pioneros de una corriente de opinión -y también de acción- que cunde en el seno del socialismo, cimentada sobre la idea de que Zapatero ha dejado de ser un ganador y que asociarse con él o permanecer a su sombra no es ya sinónimo de victoria, sino de derrota. El hombre de la baraka se ha convertido en cenizo.

Lo cual tendrá dos consecuencias graves. La primera, a corto plazo, que algunos candidatos autonómicos y alcaldables socialistas van a hacer lo posible por disociar sus campañas de la figura de Zapatero, cuya presencia se disputaban no hace tanto tiempo como valor siempre alcista en la bolsa electoral. La segunda, de más fuste, que el debate sucesorio ha quedado, aunque sigilosa y subrepticiamente, abierto. Vamos, que el poszapaterismo ha empezado, y que asistiremos en los próximos meses a maniobras, operaciones, posicionamientos, cambios y alianzas antes de la gran batalla que probablemente no se librará hasta 2012.

La vicepresidenta Fernández de la Vega dijo ayer, con aire de Numancia, que el presente y el futuro del PSOE pasan por Zapatero. El presente, que no es muy halagüeño, desde luego que sí pasa por ZP. El futuro, que no tiene por qué ser forzosamente malo, desde luego que no. Se abrió la veda.

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