EL doctor Paul Weston se pasa la mayor parte del día sentado en un sillón que tiene pinta de ser muy confortable. Pero su trabajo es agotador. Una sesión me cansa a mí, que soy espectador, y deja exhausto cada temporada al actor que interpreta al personaje, el excelente Gabriel Byrne. El mejor terapeuta de ficción, lo lamento por la sopraniana doctora Melfi, acaba de regresar en la tercera temporada de En terapia, una exhibición interpretativa en la que nos metemos en una consulta sin diván que parece un cuadrilátero. Porque aunque se trate de una serie de diálogos de dos personajes sentados, En terapia es un combate mental permanente entre el doctor y sus pacientes, una obra policiaca en la que intentamos adivinar qué trauma oculta cada uno, incluido el psiquiatra, al que también acompañamos cuando él se sienta en el sillón de enfrente. Son apenas veinte minutos por capítulo, dos por dos veces a la semana, pero a pesar de no tratarse de una serie de acción, hay momentos de extrema tensión en estos viajes que hace, a pecho descubierto, el sufrido Weston. Su vida personal no es además el mejor ejemplo. Divorciado, irascible, separado de sus hijos y con dificultad para establecer relaciones. Una cosa es el Weston doctor, un tipo cercano, amable, tolerante hasta casi el extremo, sensible, y otra Paul, amargado, solo e infeliz.

Byrne tuvo que aceptar seguir encarnando este exigente papel (la cámara está casi permanente sobre él) después de una campaña de cartas de admiradores enviada al New York Times. El irlandés tiene sus propios traumas. A principios de este año confesó haber sido víctima de abusos sexuales en el seminario, de niño, por dos curas. También fue maltratado y, ya adulto, cayó en el alcoholismo y la depresión. Puede que toda esa experiencia vital tan terrible lo haga perfecto para el papel, aunque en general Byrne borda todo lo que hace.

En terapia es una obra casi más de teatro que de televisión, con un casting de lujo y unas intervenciones para el recuerdo, como la de Glynn Turman, que le valió el Emmy. Dianne Wiest, Blair Underwood, Mia Wasikowska (aquí debió conquistar a Tim Burton para Alicia), Michelle Forbes, Hope Davis y John Mahoney han pasado por el sofá y este año tenemos un plato fortísimo, Debra Winger haciendo casi de sí misma: una estrella de cine ya madura que sabe que sus mejores años han pasado ya.

Se trata de un producto típico de la HBO, creado por Rodrigo García (me niego a volver a decir de quién es hijo, búsquenlo ustedes) a semejanza de una serie israelí, y en el que está presente ese astuto productor que huele el éxito y la calidad, el actor Mark Walhberg, también detrás de Entourage y de Boardwalk Empire.

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