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Un día en la vida

Manuel Barea

mbarea@diariodesevilla.es

Aceitunas

Para muchos las aceitunas son repugnantes, pero otros las adoramos. Trump y Kim son más de piononos

Fue un chiste fácil, barato, demasiado previsible. Sin gracia, es cierto. Se me ocurrió decir que podría escribir un artículo sobre las aceitunas negras centrado en el racismo de Trump. Porque, eso sí, de eso no hay ninguna duda, el presidente norteamericano es más racista que Los Caballeros de Mary Phagan.

Es que nunca imaginé que unas aceitunas fueran a dar para tantos titulares y menos que llegaran a competir por la supremacía informativa con el pifostio de Màxim Huerta, el bochinche de Lopetegui, el pasmo de Urdangarín, el tiberio del Aquarius, la charlotada del Palmar de Troya o la cumbre de los Carabollo, el dúo del mismo Trump y Kim Jong-un. Ah, un inciso por aquello de ser honesto: la paternidad del mote Carabollo, por lo que a mí respecta, es de mi colega Camero. Él lo aplica sólo al líder norcoreano, pero yo lo extiendo a ambos: el sátrapa asiático tiene toda la jeta de una boba, mientras que el gárrulo neoyorquino me recuerda a una telera. Por cierto, ¿probarían en su cita el pan de Castelserás que les enviaron desde Teruel a Singapur "para fomentar la paz"?

Bien, no nos desviemos, sigamos con las aceitunas. Pues eso, que ahí estábamos nosotros, dudando en el periódico entre destacar la ignominiosa agresión yanqui a nuestras aceitunas negras o la despedida entre pueril y soberbia, como un empollón resabiado en el patio del colegio, del Huerta. Al final nos decantamos por éste: somos la jauría. Por cierto, también hay que ladrarle a la presidenta andaluza, Susana Díaz, que salta con la ocurrencia de hacer lo propio con productos estadounidenses que entran en Europa, en la línea del alto cargo de la UE que ya insinuó que aquí se le puede hacer al bourbon -por ejemplo- lo que Trump a las olivas (no me jodáis, presidenta y alto cargo, no me jodáis).

Las aceitunas... Para muchos son repugnantes, su mera visión les produce un asco insoportable. Otros las adoramos, como esa bodeguera jerezana que alcanza el goce con una copa de amontillado y un plato de machacás. Nuestras aversiones y apetencias parecen indescifrables, y por eso a algunos les da por investigarlas. Por ejemplo, yo detesto los piononos, pero sé de gente capaz de acostarse con media docena y devorárlos después como una mantis religiosa de la repostería.

Veo otra vez las fotos de Trump y Kim en Singapur y me confirmo en mi idea: estos dos son más de piononos que de aceitunas.

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