ES obvio que fumar mata. Pero no más que el alcohol, la afición por la velocidad, la grasa de cerdo o los bombones belgas. Todo es cuestión de medida y de gestión inteligente de la propia estupidez. Es deseable que un vicio tan absurdo desaparezca; pero no a costa de que el Estado entre a saco en nuestras vidas privadas. La nueva ley antitabaco, de cuya bondad formal no tengo por qué dudar, me parece, al tiempo, descaradamente hipócrita, vergonzosamente populista y, en algunos extremos, francamente peligrosa.

De la incoherencia, baste reiterar un dato conocido: es el propio Estado quien recauda miles de millones por un hábito que después persigue y castiga. Oiga, si los que gobiernan creen tan dañina la tontería del humo, prohíbanla sin más. Está en sus manos: cierren los estancos, manden al paro a cuantos se dedican al negocio del asqueroso producto y busquen nuevas fuentes de ingreso menos "sucias". ¿Qué eso se intentó -a la funesta Ley Seca me remito- y no funcionó? Pues échenle más talento y menos cinismo.

Sobre lo que está detrás de la espectacular medida, costará convencerme de que no acabe siendo el enésimo ejemplo de ese buenismo, estéril pero rentable, tan del gusto de la progresía mandante. Ya que no se acierta en casi nada, vayamos a lo fácil. ¿Que hay una mayoría de votantes a los que el gesto agrada? Hagámoslo y rentabilicemos la fabulosa -y accesoria- conquista. Ojalá le pusieran igual fe e idéntico empeño a la solución de los gravísimos problemas de un país que se nos va, eso sí, con los pulmones limpios, al mismísimo carajo.

En cuanto al método, aquí mis objeciones son innegociables. Es despótico, autoritario y no tiene explicación el impedir, a quien quiera, fumar en un lugar cerrado especialmente habilitado para ello. Atenta contra la libertad individual, introduce el capricho como criterio normativo e instaura un paternalismo estatal inaceptable en una sociedad que se dice democráticamente madura. Como tampoco es admisible el fomento de la delación. La denuncia anónima priva al denunciado de un derecho básico: el de conocer la identidad de su denunciante y así, si es el caso, poder alegar motivos espurios por su parte. Si de lo que se trata es de que nos vigilemos unos a otros y de que se salden cuentas personales por tan facilísima vía, les recuerdo cómo terminaron experimentos históricos parecidos.

Fumo. Soy imbécil, aunque no por ello menos respetable. También soy varón, conservador y católico. Cuatro circunstancias que me convierten en un infame peligroso al que se puede insultar, vejar y sancionar impunemente. En un ciudadano que empieza a sentirse acorralado en este país suyo en el que sobran inútiles, memos, iluminados y truhanes y falta, cada día más, el verdadero aire. Ése por el que otrora luchamos y que hoy tan aplaudida y habilidosamente nos roban.

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