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Adiós, muchachos

La sociedad rinde un estúpido culto a la juventud, cuya faceta más inhóspita quizá estemos comprendiendo ahora

No, nunca hemos aprendido del dolor ajeno. Apenas dos décadas después de terminada la Segunda Guerra Mundial, nacionalismo y comunismo volvían a emulsionar, con éxito, en las cabecitas trémulas de la juventud etarra. Y no parece que hoy, precisamente, exista un clamor por execrar ambas fuerzas totalitarias. Lo cierto es que la España que ahora se marcha por el desagüe es fruto laborioso de una generación que, en este mismo instante, muere hacinada en residencias de ancianos. Me refiero a esa España, la mejor que acaso haya existido nunca, que urdió la trama política y humana que aún disfrutamos. Y me refiero, principalmente, a esos españoles de la escasez, hijos de la posguerra, cuyo esfuerzo viene hoy coronado por el infortunio y el olvido.

Por un prurito infantil de egoísmo, tan deleznable como humano, todos respiramos aliviados cuando supimos que el virus afectaba, principalmente, a los mayores de 60 años. Hasta hubo una concejala -no diré su partido- que teorizó sobre el sabio mensaje que la Naturaleza nos enviaba a través de esta poda inmisericorde de nuestras ramas más añosas. No en vano, uno se atrevería a aventurar que buena parte de la paz social que ahora mismo nos asiste en este largo y tedioso y apacible encierro viene de la certeza, absurdamente interiorizada, de que esta epidemia no va con nosotros y es una lacra que sólo acucia y diezma a los viejos. Unos viejos, insisto, que son quienes han sufragado durante décadas este país, hasta convertirlo en uno de los más prósperos del mundo, y quienes ahora se ven preteridos a la roma objetividad de la estadística. Todos, de un modo u otro, nos acostamos y nos levantamos con el parte diario de muertos, sin detenernos a pensar en la monstruosa anormalidad que ello supone. Sin que queramos saber, realmente, cuánto dolor, cuánta soledad, qué infinito desamparo, se encierra en esos intolerables números.

Hace ya más de dos siglos que la sociedad rinde un estúpido culto a la juventud, cuya faceta más inhóspita quizá estemos comprendiendo ahora. Pero no es sólo este hijo bastardo del Romanticismo, sino el miedo desnudo a perecer, quien nos ha traído a esta indecorosa muestra de cálculo y egoísmo. Los informativos abren con cualquier muerte juvenil, por lejana que sea, víctima del virus, pero orillan o dulcifican el sacrificio diario, dados en holocausto, de nuestros padres. El motivo es que, probablemente, hemos olvidado la compasión. Y esto implica, en justicia, que llegado el día, tampoco la habrá para nosotros.

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