Valor añadido

Carmen Calleja

Afganistán: viejas recetas

ASISTIMOS a la obsolescencia de paradigmas y soluciones para dar respuesta a las nuevas necesidades sociales. Hace poco hemos presenciado cómo engarza más con lo que los ciudadanos entienden conveniente el que los sindicatos llamen a una manifestación mejor que a una huelga general: acude más gente, no se perjudica económicamente al participante y no fastidia al que quiere abstenerse ni al que por no ser población activa poco puede holgar. No es que una manifestación sea un hallazgo; realmente no hay nada nuevo bajo el sol. La cuestión está en aplicar recetas eficaces. Aunque sea algo tan conocido como una aspirina que hoy se usa contra la trombosis, además de como analgésico.

Viene la reflexión a cuento de lo que ocurre en Afganistán. La comunidad internacional está gastando sumas ingentes de dinero. Según el Informe del Instituto de Estudios por la Paz de Estocolmo, el gasto mundial en defensa alcanzó en 2009 la cifra de 4. 200 millones de dólares al día. Sin embargo, alcanzar los objetivos de adiestrar a las fuerzas militares y de orden público para que aseguren la paz queda lejos, si no inalcanzable. Viejas recetas.

El dinero gastado y por gastar tendría mejor resultado si se destinara a estructurar una economía social de mercado. Podría sufragarse el establecimiento en suelo afgano de fábricas y comercios y dotar a la población de una renta de transición hasta que el sistema enraizara. No hay violencia donde hay una sociedad que come y que consume; y que tiene un Estado del bienestar aceptable. Saldría más barato esa renta de transición para que la gente pudiera comprar; ello daría lugar a la creación de empleo y a una fiscalidad; y en consecuencia, a estructurar una sociedad que piense en crecer y no en defenderse o en atacar.

No sé si lo propuesto es utópico (lo está siendo pacificar por la fuerza) pero, en todo caso, las fórmulas que se vienen aplicando son más propias del siglo XIX que del XXI.

Está claro que detrás de fórmulas periclitadas se articulan intereses económicos: la industria del armamento, las tecnologías para los servicios de inteligencia, etc. Pero son intereses económicos que sirven sólo a un sector; no crean riqueza adecuadamente distribuida territorial y poblacionalmente. En definitiva son intereses económicos retardatarios respecto al progreso global de la humanidad. Hoy se necesitan repartos armónicos de la riqueza para que el sistema capitalista perviva. Y la opinión pública percibe ya como una exigencia ética que no haya hambre en el mundo y que lleguen los cuidados de la salud a todo ser humano junto con una educación que haga a las personas capaces de vivir libres. Necesitamos nuevas recetas para los nuevos problemas.

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