La ciudad y los días

carlos / colón

Agua para los pájaros

LAS cuatro de la tarde en un barrio cualquiera de Sevilla. Han vuelto las calores. Llueve fuego sobre la ancha calle de asfalto ardiente, altos bloques, pocos árboles y menos sombra. De un aparato de aire acondicionado cae de vez en cuando una gota de agua mojando un poco el suelo. Un pájaro se baña allí. ¿Cómo? Situándose donde cae la gota y esperando. Cuando la minúscula porción de agua cae sobre él ahueca las plumas y se sacude con indisimulado contento. Y se queda quieto sobre el suelo mojado por una capa de agua tan fina que solo exagerando se le podría llamar charco, esperando la próxima gota y picoteando para beber el hilo agua que hay entre las losas.

Esta ciudad tan duramente asediada por el calor de un verano que dura cinco meses ha sido siempre rácana en fuentes públicas que permitan beber a los pájaros. Los humanos nos buscamos la vida. Velázquez pintó uno de los aguadores sevillanos que recorrían la ciudad con cántaros de barro. De antiguo existían los puestos de agua que este año han sido evocados por la portada de la Feria. Muchos hemos conocido por puestecillos ambulantes de agua, con tres o cuatro búcaros y unos cuantos vasos pródigos en boqueras embutidos en los huecos de la elemental estructura de madera pintada de verde y blanco. Hoy los comerciantes hacen su agosto, nunca mejor dicho, vendiendo agua mineral y refrescos a los deshidratados turistas chancletas.

Pero los pájaros no llevan dinero suelto para comprarse botellas de agua. Y como de fuentes andamos cortitos sería necesario, además de la solución de emergencia que algunos vecinos franciscanos adoptan poniendo platitos con agua en sus ventanas, que quien manda y puede se ocupara a largo plazo de instalar fuentes de verdad, no el mamarracho psicopsoe del Cristina, que embellecieran la ciudad y permitieran a los pájaros bañarse y beber; y que a corto plazo pusieran bebederos para los pájaros. Ellos embellecen la ciudad con sus elegantes vuelos rasantes, le dan la gracia de su desvergüenza -como algún gorrión que suele colarse a saltitos en El Comercio de Lineros-, hacen más alegres las mañanas y ponen banda sonora a los atardeceres. Hay que agradecérselo. Bastante tienen con las trampas que la civilización les tiende, sobre todo las grandes superficies acristaladas contra las que se estrellan o las dificultades que las nuevas construcciones ofrecen a su nidificación. No les matemos, además, de sed.

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