La tribuna

Francis López Guerrero

¡Ah, la Navidad!

ME lo he pensado mucho poner Navidad con letra inicial mayúscula. Porque capitalismo y consumismo se escriben hasta hoy con minúscula y hay términos que merecen estar a la misma altura. El capitalismo con su cara de princesita feliz y corazón de hielo y el consumismo, su enamorado prepotente, se han adueñado inmisericordes de los sentimientos, las emociones y las tradiciones. Así empieza mi cuento popular de Navidad con el Niño Dios recién parido en un portalito la mar de mono de chalé adosado, con todos sus avíos y figuritas. Y al lado una televisión de plasma, que la muy mojigata se atreve a soltar con bonita y seductora voz la retahíla expresiva característica que nos hemos acostumbrado a usar y que se intensifica en las pascuas rayana en la ridiculez y en el fariseísmo más cursi: amor, paz, felicidad, fraternidad y este perfume que embriaga.

Consiste en vaciar el lenguaje de contenido y significado a través de las propias palabras que le dan cuerpo y alma. De manera que las palabras ni son reales ni convencionales ni simbólicas. Son nada aburrida. Humo ascendente y huidizo y no precisamente de chimenea navideña. Se trata de traicionar al lenguaje con sus propios hijos: los vocablos. Y de lavarnos las manos antes de sentarnos a la mesa a comer langostinos visibles y tangibles. El amor, la paz y la fraternidad se digieren mejor en el plato insípido de los discursos. El lenguaje que de por sí es una virtualidad ha pasado a ser una gran falacia. Hacer coincidir los hechos y el lenguaje es un lujo al alcance de los bendecidos por el sistema económico. ¿Feliz Navidad? Feliz compra. Feliz comilona. Feliz cotillón. Feliz consumismo. Matan a inocentes y matamos al lenguaje, otro inocente, que ha contribuido a humanizarnos muchísimo antes que las navidades del Rockefeller Center.

La Navidad la han vallado y vendido como un coto privado de caza gastronómico y lúdico. Se ha alejado de su foco histórico y cultural. Como el lenguaje oficial es una industria retórica en quiebra que no para de producir palabras vanas y devaluadas. Como la realidad nada tiene que ver con la vida. La realidad está por las nubes. La vida la han tasado baratísima. Muchos se tienen que agarrar a la vida. La realidad es prohibitiva, inalcanzable. Y entre la baratura y el poder adquisitivo venimos a colocar un pesebre con un niño dentro en el que depositamos una cantidad desproporcionada de trascendencia incomparable con una desproporcionada y suculenta cena.

La Navidad es un divertimento, otro más, y a lo grande, de esta sociedad infantilizada y bobalicona. Celebramos el triunfo orgiástico del dinero. El triunfo por goleada del verbo repartir frente al verbo compartir. Repartir bolsas de alimentos. Repartir regalos. Repartir ilusiones. Repartir sonrisas. El mundo es un jubiloso reparto al que asistimos convencidos y encantados. A ver qué nos toca. Repartidores y repartidos confraternizamos y cantamos villancicos al calor silencioso de las figuritas y del árbol luminiscente que no necesita del sol. Más hambre que los repartíos. Más compasión que los repartidores. Existen estampas navideñas inigualables en humanidad. El advenimiento de los compartidores es un dogma de fe para cualquier religión que se precie. De momento, el término compartidor aparece recogido como una profecía en el Diccionario de la Real Academia.

Los pobres y los muy pobres son personas que padecen y no somos conscientes en qué medida. No podemos convertirlos en más figuritas decorativas para la representación y consumación de nuestra teatralidad navideña y para canalizar nuestra caridad a raudales cuando llegan estas fechas tan entrañables y amatorias.

El espíritu navideño, gordinflón, comercial, sobreactuado como un actor poco creíble, se desparrama por las calles con una mueca de contrariedad. No le caben los adornos. Y le pesan las pajarillas del alma repletas de colgaduras y bombillas. La gente pasa y mira. Y sólo se ve un fantasma que brilla y sonríe a los chiquillos por contrato. El aliento navideño se choca contra los escaparates empujado por el bullicio omnívoro y candoroso, que le encomienda en un universo en expansión la difícil misión de sincronizar y conciliar la realidad, las palabras de dicha y bienestar y el marketing.

No reivindico la figurita sino la figura del Niño Dios y su proyección vital y ética.

Reivindico un lenguaje verdadero y hacedero. Que escalofríe y transforme.

Pido foco y portadas para las figuras protagonistas de la Navidad. Pido luz para las sombras, que son muchas. Pido foco y portadas para la sonrisa triste de los niños frente al cava y la carcajada glotona. Pido respeto para los pobres empobrecidos de la tierra. Pido Navidad y nacimiento.

Y bueno, de acuerdo, por imperativo tradicional y de urbanidad: Feliz Navidad y otros lujos lingüísticos.

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