EL socialismo poshipotecario es lo que se lleva en esta temporada de rebajas ideológicas. Ahora, sólo ahora que han sido barridos en las urnas y tienen fundados temores a ser derrotados en las elecciones generales y, por vez primera, en las andaluzas, muchos dirigentes del PSOE han caído en la cuenta de que es su obligación ocuparse de millones de personas cuya búsqueda de la felicidad consiste en afanarse para que los bancos no les desahucien. Descubren que no se representan a sí mismos sino a una ciudadanía hipotecada que les da la espalda por su estilo de gobernar, que se resume en ocupar el poder, crear una maraña de intereses para beneficiar a sus camarillas, ser fuertes con los débiles y débiles con los fuertes: los señores de los mercados.

Con Rubalcaba a la cabeza, la estrategia para recuperar el favor de los votantes es ser más sensibles con los amenazados por la guadaña hipotecaria. Griñán y Viera también se han apresurado esta semana desde Sevilla a verbalizar propuestas para proteger a quienes no tienen ingresos con los que responder a sus obligaciones hipotecarias. Pero, ¿en qué planeta vivían Rubalcaba, Griñán, Viera y demás mandamases durante tantos años en los que su partido ha sido corresponsable de forjar las disparatadas y opresivas reglas del juego inmobiliario e hipotecario? ¿Por qué no se opusieron a eso con la misma fuerza que a la guerra de Iraq, y por qué no cambiaron la legislación cuando volvieron a Moncloa? ¿Acaso no presumieron, igual que el PP, de un crecimiento de la economía que se basaba mucho en el temerario endeudamiento de las familias?

Ahora es demasiado tarde para que recobren la credibilidad de buenas a primeras. Con millones de personas tiradas en la cuneta de la insolvencia, a las que se les ha hundido el presente y el porvenir, con el tejido socioeconómico deteriorado, gangrenado o destruido, tienen que hacerse perdonar todos los años en los que dieron alas a una forma de enriquecimiento que conducía al desastre.

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