Postrimerías

Alarma

Tenemos una clase política nefasta o de nivel peor que ínfimo, con muy pocas excepciones

Por pura lógica acumulativa, el mundo no puede estar hundiéndose todos los días y la sobreactuación de quienes se llevan a cada momento las manos a la cabeza tiene el paradójico efecto de alejar la sensación de peligro, pero no hay duda de que vivimos tiempos oscuros y de que la maldita pandemia, siendo ahora el más perceptible e inmediato, no es el único de los males que nos afligen. Como en aquella otra famosa hora, la posterior al desastre del 98, que acuñó el perdurable estereotipo de la conciencia nacional doliente, proliferan los españoles preocupados y no faltan desde luego motivos para el desasosiego, pero estos no tienen que ver como entonces con el atraso secular, las graves carencias materiales o la falta de sintonía respecto a la gran corriente europea. Tenemos, sobre todo, no hay más remedio que insistir en ello, una clase política nefasta o de nivel peor que ínfimo, con muy escasas excepciones. El indisimulado desprecio al Parlamento por parte del actual presidente del Gobierno es sólo una muestra más de lo bajo que ha caído, no el tal señor, que nunca ha superado la categoría de chulazo de discoteca, sino el núcleo dirigente que en su partido se somete sin abrir la boca a los evidentes excesos de su hiperliderazgo. No cabe manejar con más soberbia una situación tan excepcional como la que estamos viviendo, siendo las palabras estado de alarma las que mejor definen el modo en que perciben muchos gobernados la desconfianza del presidente y de bastantes de sus ministros hacia los demás poderes del Estado, entre ellos la prensa cuya sagrada misión fiscalizadora no es vista con buenos ojos desde La Moncloa y sus terminales mediáticas. Entre sus aliados, sumisos y sumisas, no queda nadie que pueda hacer sombra al otro hombre fuerte, que ha eliminado uno a una a todos los dirigentes que le daban cierta heterogeneidad al movimiento del que surgió su partido, convertido en un fósil sujeto a la acción personalista. Y tampoco en los demás que completan el arco, empezando por el del caudillo de la mandíbula de cristal, se oyen voces disidentes de las líneas trazadas en los argumentarios respectivos. Oponía Félix de Azúa en uno de los artículos recogidos en sus Nuevas lecturas compulsivas, a propósito de Orwell, el término inglés liberty, de nobles resonancias latinas, a su no sinónimo freedom, precisando que el primero no alude como este a un derecho regulado por la ley, sino a una opción, derivada de la responsabilidad, que se toma o no se toma, al margen de la norma. Y es justo esa clase de libertad, la que implica el riesgo de quedarse a la intemperie, la que echamos en falta en la aborregada política española.

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