Visto y oído

Francisco / Andrés / Gallardo

Alarmados

PABLO Lizcano, el marido de Rosa Montero, falleció este domingo. Sólo los que tenemos unos cuantos años podemos atrapar los recuerdos de sus rizos y su pronunciación atropellada que fueron su sello en sus amables programas de los años 80. Lizcano era imitado por Martes y Trece y eso significaba que aunque su programa Fin de siglo se emitía en la Segunda Cadena era conocido y tenía su repercusión. Antes de haber sido el relevo del Estudio abierto de Íñigo, Lizcano presentaba Autorretrato, un programa de masajes cara a cara, con cierta inspiración quinteriana (entonces El Loco sólo era radio), que eran un remanso intimista, y casi onanista, en la Primera.

Lizcano, agudo en sus artículos de opinión, pertenecía a una escuela televisiva que hace años se había quedado fuera de juego, aunque fue el pionero en poner sobre la mesa tertulias jugosas y cuando tiparracas sin formación como Belén Esteban estaban vedadas. En una de aquellas charlas de UHF de Fin de siglo, en 1986, Adolfo Marsillach, de manera informal, relató un caso (me imagino que sería una leyenda urbana) que llegó a causar una conmoción nacional. Marsillach contó que un treintañero madrileño que se encontraba en Nueva York se ligó a una señorita estupenda y se la llevó al hotel. Por la mañana se encontró en el espejo del baño, pintado con lápiz de labios, el anuncio "welcome to aids' club". Efectivamente, había contraído el sida, reforzó el maestro de actores. Aquella anécdota con tintes de Allan Poe y de castigo bíblico tan español pasó de inmediato a periódicos y revistas. Un simple comentario en un programa de TVE, cuando sólo había dos canales, era una bomba. Ahora estamos más informados (sólo en cantidad) y alarmados. Tenemos 300 canales y millones de webs. Y una gripe residual, algo revirada, es capaz de amenazarnos con el fin del mundo.

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