Tiempos modernos

Bernardo Díaz Nosty

Alas a la esperanza

LOS idealistas se agarran a un clavo ardiendo antes de rendirse a esa especie de golpismo de guante blanco que, como en la Italia de Silvio, reduce la democracia a expresiones grotescas de la representación política. Si Barack Obama gana las presidenciales norteamericanas, tal vez la maquinaria de intereses siga su lógica imperial, la misma que ha operado con demócratas y republicanos, pero, en un mundo ávido de esperanza, el discurso del senador por Illinois despierta las pasiones de la paz.

El presidente Bush ha dilapidado la riqueza de los ideales que informan el liderazgo yanqui. No es aventurado creer que la opinión pública europea culpa a la Administración republicana de buena parte de las actuales tensiones mundiales. La política de Washington protagoniza abusos que no se tolerarían a ningún otro Gobierno del mundo. Un reciente estudio del profesor Russel Berman, de la Universidad de Stanford, Anti-Americanism in Europa, a cultural problem, afirma que, tras el 11-S, las actitudes de los europeos hacia Estados Unidos se han vuelto cada vez más negativas. Incluso llega a decir que, para muchos, el ataque terrorista de Nueva York fue entendido como una respuesta a la política exterior norteamericana.

El antiamericanismo del Viejo Continente, que Berman describe como un rasgo de la nueva identidad europea, parece más el fruto de un distanciamiento progresivo de la Norteamérica de Bush que de una confrontación cultural. No obstante, frente al "régimen liberal de bienestar", como lo define Robert Goodin, la mentalidad europea es hoy refractaria a la violencia, el intervencionismo militar, el oscurantismo del poder económico, la insolidaridad en la idea de la sostenibilidad planetaria, la desprotección social y las enormes desigualdades internas.

El actual antiamericanismo europeo nace de una sensibilidad distinta de la que definía la psicología de la guerra fría: la política de Washington ha perdido, al menos en términos de opinión pública, la condición de hegemónica. Algo que explica el anhelo europeo de una acción exterior diferenciada. Por eso, cuando un candidato a la presidencia americana entiende que no es posible mantener el viejo discurso de la gendarmería universal, Europa aplaude.

El antiamericanismo europeo se circunscribe, en cierta medida, a la Casa Blanca. En Berlín, el aspirante demócrata reunió a un público entusiasta, tres veces superior en número al del mayor mitin celebrado en Estados Unidos. Para la Europa que ríe la banalidad de los políticos americanos, el fenómeno Obama, además de reducir la alta tensión de la era Bush, da alas a la esperanza de construir un futuro fuera de las cavernas neoconservadoras.

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