Azul Klein

Charo Ramos

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Alfonso y Los Galindos

El asesinato del cortijo de Paradas no se resolvió pero a Grosso urge redimirlo del crimen del olvido

Para muchos de nosotros Sevilla empieza cuando se deja atrás el peaje de Las Cabezas. Ahí comienza la capital. Antes hay un extenso sembrado, a estas alturas del verano aún cubierto de girasoles, que conecta estas tierras con las de nuestros antepasados, la gente del campo que no soñaba con vivir en la ciudad y lo apostaba todo a la sombra de un pino o un algarrobo en las tardes de julio. En estos días se ha hablado mucho de girasoles pero los de estas tierras de secano conforman a principios del verano uno los paisajes más espléndidos de España y no es casual que los japoneses comiencen ya a peregrinar por verlo como sucede con la floración de sus cerezos y los campos de lavanda del sur de Francia.

Al aproximarnos a la salida de Utrera vuelven a mí las páginas amarillentas de una edición de Los invitados de Alfonso Grosso donde los protagonistas recorren a menudo estas mismas carreteras. El próximo lunes se cumplen 44 años del crimen de Los Galindos. La salvaje matanza en el cortijo de Paradas aún sigue sin resolverse, con su aroma a tricornios, sangre sobre la cal blanca y ese sol vertical que nublaba las conciencias e invitaba a alterar las pruebas periciales para hacerlas más televisivas. Ante la inoperancia de la investigación, el chasco judicial y las legítimas ganas del pueblo de sacudirse el pasado, es la literatura de Alfonso Grosso la que emerge valiente, descarnada, abrumadora y rica.

Cuando éramos niños y visitábamos a los abuelos, siempre se colaba algún cortijo en algún momento de la charla. Teníamos tíos guardeses, había quien escuchaba allí la misa de los domingos, los dueños de los cortijos se pasaban en Madrid la mayor parte del año pero solían reaparecer en verano y lo sabíamos porque enviaban antes la ropa de invierno que les sobraba. Evité durante años leer Los invitados porque temía encontrar esquirlas de un pasado que a veces quisiéramos más lejano. El resultado es una novela trepidante, moderna, pero lo que me gusta especialmente es el cuidado y pasión que Grosso pone al inventariar las plantas que embellecen Sevilla, incluidas las de aquel antiguo hotel Inglaterra -la trama británica es importante en la novela- de antes del derribo.

Solo quien conoce el calor asfixiante de la campiña sevillana puede demorarse tanto en la descripción de unas aspidistras o unas buganvillas. Ahora que otra generación de grandes escritores repasa la aportación de los narraluces en el curso que esta semana acoge la sede de la UNIA en La Rábida, pocas cosas resultan más sociales que la defensa del paisaje y la vegetación autóctonos que Grosso practicó en unos libros que merecen ser reeditados para los nuevos lectores. El quíntuple asesinato de Los Galindos no se resolvió pero a Grosso urge redimirlo del crimen del olvido.

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