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Andalucía de bandoleros

Se habla mucho de modificar y disminuir, por qué no anular, el impuesto de Sucesiones. No creo que ocurra.

Mucho nos quejamos los andaluces de la imagen que se tiene de nosotros fuera de nuestra tierra. El estereotipo romántico que crearon los viajeros europeos en el siglo XIX ha calado profundamente allende nuestras fronteras y se sigue manteniendo. Los turistas acuden a Andalucía en busca de toros, flamenco y personajes del más puro tipismo. Parece que no ha pasado nada más digno de contar; ni Roma, ni la polifonía del XVI, ni la pintura barroca, ni la constitución liberal, ni la generación del 27. Todo queda eclipsado por el costumbrismo más absurdo.

Gran parte de culpa la tienen los propios andaluces. Muchos de ellos se sienten cómodos desempeñando ese papel, tan falso como perjudicial. Y peor es cuando ese discurso afecta a las instituciones. Desde los medios de comunicación públicos, pagados por los impuestos de todos, se lanza y se fomenta una imagen de Andalucía que dan ganas de salir corriendo y nacionalizarse esquimal o zulú. La zafiedad y el mal gusto dominan la programación como si quisieran prolongar la ignorancia y facilitar el mantenimiento de privilegios.

Se habla mucho de modificar y disminuir, por qué no anular, el impuesto de Sucesiones. No creo que ocurra. Quien coge teta difícilmente la suelta. Los que llevaban en su programa su supresión, parece ser que ya han agarrado una y no quieren soltarla ni les importa que haya otros enganchados, siempre que la leche no deje de llegar a la suya. El mensaje al pueblo es que se les quita a los ricos para darlo a los pobres. Como Diego Corrientes o José María El Tempranillo. Todo muy primario. Pero la realidad es que los ricos no suelen pagar o pagan poco y el peso cae en la clase media. Y tampoco va para los necesitados, sino en demasiadas ocasiones para los listillos, los que se mueven en la economía sumergida y no cotizan, falsos agricultores que en su vida han pisado el campo.

Bajo el amparo de lo social y la política de subsidios, se esconden la injusticia y el mantenimiento de la ignorancia y el clientelismo. Que una persona trabajando honradamente, pagando sus impuestos y ahorrando, logre comprar un piso y una plaza de garaje está penalizado. Si se queda viudo, viuda o le deja el piso a su hijo, sin ser un terrateniente, tendrá que pagar una barbaridad por seguir viviendo en su casa. Es como si se hubiera perdido por la serranía y se hubiera topado con la partida de Curro Jiménez.

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